Una visión de Jesús

La revelación de Jesucristo, que Dios le dio, para manifestar a sus siervos las cosas que deben suceder pronto; y la declaró enviándola por medio de su ángel a su siervo Juan, que ha dado testimonio de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo, y de todas las cosas que ha visto. Bienaventurado el que lee, y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas; porque el tiempo está cerca. Apocalipsis 1:1-3

Durante este mes estudiaremos el último libro de la Biblia llamado: El Apocalipsis. Y el Apocalipsis es un libro de esperanza. Fue escrito por Juan, el también llamado “el discípulo amado”, el cual fue testigo ocular del ministerio de salvación de Jesús. Juan, cerca del final de su vida, alrededor del año 95 después de Cristo, recibió visiones enviadas por

Jesucristo, las cuales registró para beneficio de las siete iglesias de la provincia romana de Asia, y para los cristianos de todas las épocas. El libro de Apocalipsis promete bendiciones sorprendentes para quienes lo lean y obedezcan lo que enseña. El primer libro de la Biblia, Génesis, habla del comienzo del pecado y el triunfo parcial de Satanás; el último libro de la Biblia, Apocalipsis, habla del fin del pecado y de la derrota de Satanás. Y aunque la palabra Apocalipsis ha llegado a ser un término de connotación catastrófica, aterradora y hasta indeseable. Sin embargo, simplemente significa “revelación”. Así que Apocalipsis, el último libro de la Biblia , ¿qué es lo que nos revela?

Juan, a las siete iglesias que están en Asia: Gracia y paz a vosotros de parte del que es y que era y que ha de venir, de los siete espíritus que están delante de su trono, y de Jesucristo, el testigo fiel, el primogénito de los muertos y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos ama, nos ha lavado de nuestros pecados con su sangre. Apocalipsis 1:4,5

El versículo 3 del primer capítulo de Apocalipsis establece las grandes bendiciones que entrañan el estudio de este libro. En realidad, hay una triple bendición, pues no basta simplemente con leer, hay que prestar atención a su mensaje y sobre todo recordarlo.

Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ella escritas, porque el tiempo está cerca. Apocalipsis 1:3

El Apocalipsis no es un libro misterioso, cerrado e incomprensible, sino entendible. Contrariamente a lo que algunos alegan porque es parte de la revelación divina mostrando su poder y sabiduría al dirigir los asuntos del mundo, protegiendo a su pueblo y guiándolo hacia el fin determinado por él mismo… En la actualidad multitudes buscan a los astrólogos y a los expertos en cartomancia cuando quieren conocer el futuro. Hay en el corazón humano una extraña curiosidad por saber lo que vendrá. Por alguna razón las personas prefieren vivir angustiados por el pasado, preocupados por el futuro al tiempo que se olvidan de vivir con prudencia el presente, que es lo único que realmente poseemos. El pasado no tiene remedio; ya está hecho, ya es historia. ¿Qué podemos hacer para cambiar la historia? El futuro todavía no llegó, pero nos fascina, nos preocupa; nos gustaría disponer de detalles acerca de todo lo que sucederá. Y en el estudio de la Biblia, específicamente en el libro de Apocalipsis Dios revela el detalles impresionantes y promesas sorprendentes que él ha preparado para todos los que lo aman y lo adoran. Desgraciadamente mucha gente cree que hay un destino ya escrito para sus vidas, un sendero señalado por donde el ser humano tendrá que avanzar, le guste o no le guste. Dicen algunos: “Mi destino es sufrir” “Nací para ser infeliz” “No vale la pena luchar cuando no se tiene suerte”. Pero ¿cuál es la gran noticia que Dios nos comparte en su Palabra?

He aquí que viene con las nubes: Todo ojo lo verá, y los que lo traspasaron; y todos los linajes de la tierra se lamentarán por causa de él. Sí, amén. Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso. Apocalipsis 1:7,8

Indiscutiblemente, tanto el Padre como el Hijo son presentados como el “que es y que era y que ha de venir”, y son ellos junto con el Espíritu Santo los que nos desean y proveen gracia y paz en nuestro diario vivir.

Su atributo divino y eterno es resaltado en forma triple: “Alfa y Omega”, “principio y fin” y “el que es y que era y que ha de venir”. Es el mismo Jesucristo quien está pronto a venir en las nubes a la vista de todos y de ningún modo en forma secreta, y es nada menos que él mismo el que nos hace la siguiente promesa.

No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros.Y si me voy y os preparo lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo esté, vosotros también estéis. Juan 14:1-3

El apóstol Juan se encontraba en la isla de Patmos como castigo por su fe cristiana y por causa de sus creencias cristianas, las autoridades romanas lo exiliaron en ese inhóspito lugar. Esta isla tiene una superficie de 34.6 kilómetros cuadrados, está en el archipiélago del Dodecaneso en el mar Egeo. Así que Juan fue exiliado de las siete iglesias con las cuales había colaborado. En Patmos tuvo una visión; se le dijo entonces que la pusiera por escrito y enviara ese mensaje a las siete iglesias. ¿Qué ve Juan en esa visión?

Me volví para ver la voz que hablaba conmigo. Y vuelto, vi siete candelabros de oro, y en medio de los siete candelabros a uno semejante al Hijo del hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y tenía el pecho ceñido con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como blanca lana, como nieve; sus ojos, como llama de fuego. Sus pies eran semejantes al bronce pulido, refulgente como en un horno, y su voz como el estruendo de muchas aguas. Apocalipsis 1:12-15

Estos versículos presentan una imagen magnífica de Cristo. Nos describen más de una docena de características. Resulta muy interesante que, cuando Jesús es presentado a cada una de las iglesias, solamente se menciona dos o tres características. Se lo presenta a la primera iglesia como aquel que tiene siete estrellas y se pasea en medio de los siete candelabros ( 2:1). A la segunda, como el primero y el último, el que murió y resucitó (vr 8) Ante la tercera es presentado como el que tiene la espada aguda de dos filos ( vr 12) Y hay que darnos cuenta que Jesús se presenta a cada iglesia de manera única. Respeta sus diferencias y satisface sus necesidades particulares. Dios se adapta a las circunstancias de la gente. Cuando Jesús vino a la tierra, no se presentó como un europeo o africano del siglo XXI. Vino como un judío del siglo I. Vivió en Palestina; sus rasgos físicos y su vestimenta eran de la época y lugar- Habló el idioma local. Dios se comunica con la gente en su mismo lenguaje porque quería que las personas recordaran lo que decía. Así, que, de las cartas enviadas a las siete iglesias, aprendemos que Jesús sabe todo lo que hay que saber de nosotros. Y si Jesús sabe todo sobre nosotros antes de que vayamos a él, no hay razón para escondernos o tener miedo de decirle la verdad. Él llega justo cuando nosotros lo necesitamos. ¡Jesús es maravilloso!

Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: “No temas. Yo soy el primero y el último, el que vive. Estuve muerto, pero vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades. Apocalipsis 1:17-18

El apóstol Juan nos informa que en un día sábado, Dios le envió mensajes que Jesús le mostró. Allí de repente oyó su llamamiento, y a su vez se le encomienda la misión de llevar ese mensaje a la gente de su tiempo. Cuando oyó la voz le resultó familiar. Hacía mas de setenta años que no la escuchaba y deseaba ver al que hablaba. Pero al mirar, recibe un impacto tremendo. Es el Salvador en su atuendo sacerdotal, y aunque tiene el recuerdo de Jesús, esto sobrepasa todo lo conocido y experimentado por él, de modo que el brillo de Jesús lo abruma y cae desvanecido.

Solo la ternura del Señor lo restablece, y el discípulo amado escucha atónito y emocionado el consuelo: “No temas. Soy el mismo de siempre, soy el Eterno que vencí a la muerte y al sepulcro. Quiero que escribas las cosas que has visto en este momento y las que te mostraré después porque son revelaciones para las iglesias que conoces en representación de mi iglesia de todas las épocas. Por lo cual apreciado amigo: te invitamos a estudiar el libro de Apocalipsis, porque aquí encontramos el mensaje de las buenas noticias que Jesucristo ha dejado para ti y para mí.

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