El privilegio de tener la última palabra

Bienaventurado el que lee y los que oyen las palabras de esta profecía, y guardan las cosas en ellas escritas, porque el tiempo está cerca.  Apocalipsis 1:3 

El libro de Apocalipsis. El autor inspirado se llamaba Juan, y como su Evangelio y las tres cartas de su autoría, el tema principal es el amor. El Apocalipsis de Juan es sobre amar a Jesús. Cuando leemos el Apocalipsis generalmente no pensamos en el amor de Dios. Muchos pudiéramos leer el Apocalipsis con más aprensión que esperanza. Produce en nosotros más confusión ética que certidumbre. Las violentas secuencias de guerra y las amenazas de juicio del Apocalipsis hacen del libro un texto desafiante, a menudo desconcertante y confuso. El libro provoca reacciones intensas, tanto positivas como negativas. Sin embargo, Juan da comienzo al Apocalipsis con una fórmula que pone de manifiesto tanto el título del libro como su temática: “La revelación de Jesucristo” En los siguientes programas analizaremos la premisa de que: el libro de Apocalipsis es, en primer lugar, no información sobre el mundo malo en el que vivimos ni de los acontecimientos horribles que están por venir, ni un informe sobre la iglesia del primer siglo. Y tampoco es un esquema de acontecimientos del tiempo del fin. Es más bien sobre Jesús. Presenta a Jesucristo como la realidad controladora de la historia y lo describe de tal manera que absolutamente todo está subordinado a él. 

¿Quienes son los seres privilegiados del increíble amor de Jesús?

 y de Jesucristo el testigo fiel, el primogénito de los muertos, y el soberano de los reyes de la tierra. Al que nos amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre. Apocalipsis 1:5

Lo más maravilloso de este texto sagrado es saber que Jesús te ama a ti y a mí, a cada uno de nosotros. Antes de que oigamos nada más, ya sea de siete iglesias o sellos, del dragón o del Cordero, o sobre el significado del 666, Juan quiere decirnos primero que Jesús nos ama. El Apocalipsis declara inequívocamente que Jesús nos ama. Las introducciones son importantes. No solo captan la atención y atraen al lector o al oyente hacia la historia o el texto; también despliegan sus temas y preparan a la audiencia para lo que está por venir. Si queremos saber hacia dónde se dirige el Apocalipsis y qué se propone hacer con nosotros, debemos escuchar atentamente su comienzo y su final. 

¿ Cual es el futuro glorioso que tiene planeado nuestro Salvador Jesús?

He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá, y los que le traspasaron; y todos los linajes de la tierra harán lamentación por él… Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso. Apocalipsis 1:7,8

Hay una pareja de artistas plásticos quienes usaron 95,600 metros cuadrados de tela color aluminio resplandeciente y todo este material lo utilizaron junto con la ayuda de 120 obreros para forrar un histórico edificio en Berlín, Alemania. El proyecto costó 10 millones de dólares. Su objetivo era alterar hasta tal punto lo familiar del edificio hasta que parezca nuevo, convirtiéndolo en algo que ya no podemos dar por sentado ni pasar por alto… A menos de que Jesús esté envuelto de una forma que obligue a los ojos a verlo de manera diferente, proseguiremos en nuestra tibieza y satisfacción con las cosas de este mundo. Así, el Apocalipsis presenta una visión transformadora de Jesús, una que nos permite ver a Jesús de una forma nueva que puede a la vez despertar la vida espiritual y llevarnos a una sensación cada vez más profunda de su presencia. Es una visión que puede despertar nuestro amor por él… Habían pasado más de sesenta años desde que Juan había visto por última vez a Jesús. Condenado al exilio en la isla de Patmos, un día en visión, el discípulo amado oyó una voz de, esa voz era alta y fuerte con un tono de urgencia. Cuando se dio la vuelta para ver de quién era la voz, Juan se fijó en primer lugar en siete candeleros de oro. Sin embargo, eran solo el marco de la escena. Mucho más importante era la persona que estaba de pie en medio de los mismos. ¿Cuál fue el mensaje que Jesús le dio a Juan?

Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último; y el que vivo, y estuve muerto; mas he aquí que vivo por los siglos de los siglos, amén. Y tengo las llaves de la muerte y del Hades. Apocalipsis 1: 17 

Aquí encontramos una representación de Cristo que no se halla en ningún otro lugar del Nuevo Testamento. El Jesús del Apocalipsis no es el varón de dolores de los Evangelios, sino el Rey y el Señor de todo el universo. No es un Cristo debilitado obstinadamente tentado en el desierto, sediento en el pozo de Jacob, ni el Cristo que fue clavado en la cruz. Más bien, contemplamos a un Cristo majestuoso, imponente, glorioso y poderoso, un Cristo eterno que no cambia. Y un Cristo soberano que nos reta a seguirlo hoy. Es un Cristo al que podemos amar. ¿Cuál es la experiencia que relata Juan al final del libro de Apocalipsis ?

Yo Juan soy el que oyó y vio estas cosas. Y después que las hube oído y visto, me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas. Pero él me dijo: Mira, no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo, de tus hermanos los profetas, y de los que guardan las palabras de este libro. Adora a Dios. Apocalipsis 22:7,8 

Las imágenes gráficas que encontramos en el último libro de la Biblia nos garantizan que la conexión entre Dios y su pueblo es estrecha y definida. Jesucristo es todo lo que necesitamos, especialmente cuando la historia se acerca a su fin. Así, las últimas palabras de las Escrituras en cuanto a Cristo nos dejan aguardando, esperando, anhelando, aferrándonos a la triple promesa de que Jesús viene pronto. El Apocalipsis es una obra sobre Jesús y las razones por las que debiéramos amarlo. Siempre que Dios se revela o da a conocer algo de sí mismo, fuerza a los seres humanos a reconocer algo sobre nosotros mismos. Su santidad divina invade nuestro mundo individual. No puede evitarse. La percepción de la naturaleza moral de Dios conlleva conocimiento de la nuestra. La imagen del Apocalipsis de los ojos de Cristo como “llamas de fuego” lo revela como Aquel que escudriña la mente y el corazón. Nada permanece oculto de la penetrante mirada del Señor. Ve cuanto puede verse. Sus ojos no solo miran lo de fuera, sino que miran en nuestro interior. Su santidad entra en nosotros y, cuando lo hace, nos reta. Y, si lo permitimos, ¡nos transformará!

Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS. Apocalipsis 19:12,13

El relato del Apocalipsis nos recuerda que Jesús siempre es más de lo que prevemos, más de lo que esperamos e infinitamente más de lo que jamás seremos. Pero podemos decir como Juan: “Amo a Jesús precisamente por esto. Lo amo porque es mayor que yo. Me impacta profundamente siempre que me encuentro con él. Me veo como soy realmente: una persona débil y pecadora muy necesitada”. No podemos ver a Jesús y seguir igual. Aunque somos incapaces y vulnerables, ¡mi Cristo eterno es capaz y poderoso!

 Y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: REY DE REYES Y SEÑOR DE SEÑORES. Apocalipsis 19:16

En su libro Confesiones, Agustín dice: “Tú Señor, me obligabas a que volviese en mí y me considerase, haciendo que todo el feo semblante de mi mala vida, que yo había echado a las espaldas por no verme, se me pusiese delante de mí, para que viese cuán feo era, cuán descompuesto y sucio, manchado .” Ante la presencia de Jesús, Juan está arrodillado, pero ese Jesús glorioso y majestuoso, intimidante y santo se agacha para tocar a su siervo Juan. Jesús no solo lo toca; le habla. Son palabras de esperanza y promesa. Ese toque nos dice por qué Juan o cualquier otra persona habría de amar a Jesús. El gesto es personal e íntimo. Cuando extendemos la mano para tocar a alguien que está atemorizado o dolido, lo hacemos porque nos importa. Jesús toca a Juan porque le importa. El último libro de las Escrituras revela a Jesús como el Cristo eterno que es mayor que nosotros y, a la vez, como el Cristo personal que nunca es demasiado grande ni para mí ni para ti.


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