Ante una profunda necesidad

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Lucas 11:1 Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar y, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:- Señor, enséñanos a orar, como también Juan enseñó a sus discípulos.

La historia bíblica nos relata, el momento cuando uno de los discípulos de Jesús se detuvo un instante para realizar una importante pregunta. Por sus pensamientos pasaba la pregunta: ¿por qué no se había atrevido nunca a preguntárselo? No lo sabía. Algo le impedía interrumpir en la intimidad de Jesús. Su curiosidad, en cambio, se había vuelto tan irresistible que lo había empujado a seguirlo de lejos hasta aquel paraje. Sin embargo, se acercó un poco más, y miró por encima de la roca. Sí. Allí estaba Jesús. Orando. El intruso se quedó paralizado sin poder reaccionar ni marcharse. El sentimiento de una presencia que lo llenaba todo lo había sobrecogido. No podía ni sustraerse a ella ni dejar de mirar. La expresión de Jesús lo había magnetizado. Era evidente que Jesús estaba en contacto con alguien de quien recibía fuerza, energía, poder y vida. El joven se estremeció. El encuentro de aquella mañana iba a revelarle finalmente el secreto de una serenidad y una armonía que siempre había admirado y que, ahora más que nunca, deseaba tener también. Esperó hasta que Jesús se puso en marcha. Cuando por fin consiguió atreverse a formular su petición, le dijo, simplemente: – Enséñanme a orar. Este relato, aunque breve, contiene una de las enseñanzas más sorprendentes de los Evangelios. ¿Cuál fue la respuesta de Jesús ante esta petición?

Lucas 11:2 Él les dijo: -Cuando oréis, decid: Padre nuestro que estas en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu Reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra.

El discípulo, como todos los demás había creído hasta entonces que sabía orar. Llevaba orando, varias veces al día, desde su más tierna infancia. La oración formaba parte de su rutina cotidiana. Había pronunciado miles de oraciones en los servicios religiosos, en familia y en privado. Aunque las oraciones parecían representar mucho en su vida, en realidad, casi habría podido prescindir de ellas sin que su existencia hubiera cambiado demasiado. Para él, eso era orar. Ahora, después de ver a Jesús, había descubierto que aquello no eran más que un triste remedo de oración; que orar de veras era otra cosa. En el transcurso de su vida con Jesús iba a aprender que cuando hay que renunciar a ciertas facetas de la vida espiritual y quedarse solo con lo esencial, algo que se pueda conservar aun en la mayor soledad o en la cárcel, cuando no es posible contar con nadie ni con nada, se puede prescindir de todo excepto de la oración, verdadero aliento del alma. ¿Deben estar incluidas nuestras necesidades materiales en nuestras plegarias? ¿Cómo podemos ver la misericordia de Dios ante nuestros ruegos?

Lucas 2:3 El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy

La experiencia del discípulo que le pide a Jesús : Enséñame a orar. Nos muestra con claridad que ante la oración todo es secundario. Es posible ser creyente sin adscribirse a una confesión religiosa. Es posible aceptar la escala de valores de una religión sin cumplir sus ritos. Pero no es posible tener una vida espiritual auténtica sin orar. Si la religión es relación, la oración es la vivencia que concreta esa relación. La Biblia nos muestra el riesgo de descuidar ese vínculo. Las enseñanzas de Jesús dejan en claro que él insistió mucho acerca de la importancia de la oración, pues su finalidad principal, si es que tiene otras, es acercarnos a Dios. Si la oración es un encuentro, se convierte en algo sumamente importante porque, nada menos, se trata de conectar con la fuente de energía del universo, la fuente de valor y del amor. En este sentido, orar es reconocer que no soy el centro de mi mundo; que el centro de mi existencia está ahí, infinitamente fuera y por encima de mí; pero, a la vez, tan cerca y tan dentro que puedo entrar en contacto con él en cualquier momento, en un instante. Así, orar es reconocer que vivir es algo más de lo que yo percibo en mi experiencia de cada día. Que tengo acceso a una calidad de vida ilimitada, solamente a un paso, a una oración de distancia de mi realidad personal tan mediocre a menudo, tan pequeña siempre y tan única al mismo tiempo. Quien no ora no tiene conciencia de lo que pierde.. Sencillamente se priva de su dimensión trascendente. Su vida puede ser moralmente intachable, llena de valores. Pero le faltará la profundidad, pues nos privaremos no sólo de los beneficios que Dios quiere darnos sino de conocer su bondad y misericordia ¿Con qué ejemplo Jesús nos incentiva a orar más?

Lucas 11:5-8 Les dijo también: – ¿Quién de vosotros que tenga un amigo, va a él a medianoche y le dice: “Amigo, préstame tres panes, porque un amigo mío ha venido a mí de viaje y no tengo que ofrecerle”; y aquél respondiendo desde adentro, le dice: “No me molestes; la puerta ya está cerrada y mis niños están conmigo en cama. No puedo levantarme y dártelos”? Os digo que, si no se levanta a dárselos por ser su amigo, al menos por su importunidad se levantará y le dará todo lo que necesite.

Entonces, ¿por qué no oramos? Falta de tiempo, falta de ganas y falta de concentración, ¿no son acaso estos también nuestros problemas? Imaginemos un amigo que nunca desea hablarnos y que, encima, cada vez que lo hace, pierde el hilo de la conversación o no se entera de lo que le contamos. ¿Se lo aguantaríamos mucho tiempo? En cambio, esta actitud que nos parece insoportable en nuestras relaciones humanas nos resulta normal en nuestra relación con Dios. ¿Qué otros ejemplos utilizó Jesús para dejar en claro el gran privilegio que tenemos al orar?

Lucas 11: 11-13 ¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿O si le pide pescado, en lugar de pescado le dará una serpiente? ¿O si le pide huevo, le dará un escorpión? Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿Cuanto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

Muchas veces olvidamos que la oración mas que un texto que se dice, es un encuentro que se vive. Incluso es más comunión que comunicación. Si fuésemos conscientes de esta realidad, la oración jamás resultaría rutinaria, apresurada, ni forzada. Si nos diésemos cuenta de que, en ese momento privilegiado, el Creador del universo acepta escucharnos, hablar con nosotros y prestarnos atención durante todo el tiempo que queramos, nuestra vida espiritual se transformaría por completo. Los paganos de la antigüedad ofrecían sacrificios y rogativas a sus dioses para pedirles algo, aplacarlos o hacerles cambiar de actitud. Nuestras oraciones, ¿no parecen a veces, también, grandes esfuerzos para sensibilizar a Dios con respecto a situaciones que parecen no afectarle? Muchas de nuestras oraciones se me antojan paganas porque, además se expresan en imperativo. Todo son órdenes y mandatos. Oramos como si tuviéramos que cambiar a Dios olvidando que quienes necesitamos cambiar somos nosotros. Pedimos, rogamos y suplicamos, en un aparente intento de influir en él para que actúe. Eso es tratarle como los paganos… o incluso peor que ellos. Cuando en nuestras oraciones pedimos así: – “Señor, dígnate a escuchar a tus hijos”… Nos atrevemos a decirle que Dios es un tirano distante a quien solo se puede sacar de su indiferencia con súplicas. Cuando oramos: “- “te rogamos por la paz del mundo!” Como si hiciera despertar su interés por la paz. O cuando decimos- “Señor, ten piedad de los niños que sufren” –“Compadécete de los pobres y necesitados”- Pareciera que a Dios le falta sensibilidad o no se compadece bastante.¿Cómo podemos elaborar oraciones que realmente sean aceptables ante Dios?

Romanos 8:26 De igual manera, el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad, pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles.

Santiago 4:3 Pedís, pero no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites.

Los astronautas lanzados al espacio saben que es vital mantener una relación constante con su base de lanzamiento. Para realizar el más mínimo gesto necesitan depender de esa comunicación. Perderla significa prácticamente la desintegración… Es imposible mantener nuestra vida espiritual viva, si no nos colocamos en la atmósfera celestial a través de la oración. Si queremos profundizar en nuestra relación con Dios, no podemos contentarnos con repetir superficiales letanías. Debemos de pedirle que siga teniendo paciencia y nos enseñe a orar. Cuanto más conscientes seamos de nuestra necesidad de reaprender a orar, más sensibles seremos a la voz del Espíritu Santo. Y es que orar no es tanto hablar como escuchar. No es tanto pedir como recibir. No es tanto llamar a Dios como responder a su llamada. Orar, es ofrecernos a Dios. No es intentar manipularlo, ni hacerle cambiar de idea para que haga nuestra voluntad. Es tomar conciencia de su voluntad, y ofrecernos a cumplirla.

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