Nota: El presente artículo representa la postura y conclusiones de su autor. No necesariamente representa la postura oficial de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
POR ISAÍ GUTIÉRREZ
Como ya estudiamos en nuestro artículo pasado, la Palabra de Dios da las condiciones para saber si un profeta es verdadero o falso. De acuerdo a eso, concluimos que el ministerio de Elena G. White cumplió con dichas especificaciones bíblicas. En esta ocasión nos ocuparemos de cómo Dios levantó una profetisa para instruir y consolar a su pueblo, luego del evento profético que puso a prueba la fe de los primeros adventistas: el gran chasco de 1844.
A ti, lector, para que comprendas este segundo artículo, es necesario que leas la primera parte, y posteriormente la tercera y última parte de esta serie.
El gran chasco de 1844
Dios llamó a un agricultor, Guillermo Miller, quien no creía en la Biblia, a escudriñar las profecías. Al analizar versículo por versículo desde Génesis, despejando así sus dudas, encontró en ellas su objeto de estudio. Siguiendo los mismos principios de estudio, llegó a los libros de Daniel y Apocalipsis y vio que los simbolismos podían ser comprendidos, ya que toda escritura divina es útil para enseñarnos.
Estudió la profecía de Daniel 8:14 respecto a la purificación del Santuario después de 2300 días proféticos y, aceptando la creencia general de ese entonces, la cual afirma que la tierra es el santuario, dedujo que la purificación representaba la segunda venida de Cristo. Se dio cuenta que si podía encontrar el tiempo en que iniciaban y terminaban esos 2300 días, podría definir la fecha de la purificación de la tierra. Después de muchos cálculos bíblicos que explicaremos en otro artículo, llegó a la conclusión de que ese día de gran expiación según el calendario judío en Levítico 16:29-34, celebrado en el décimo día del séptimo mes, caía en el 22 de octubre de 1844. Así comenzó este ilustre personaje a predicar la segunda venida de Cristo, no tratando de convertir gente a alguna secta o religión, sino para edificación de las iglesias. Y ¿qué hay con Elena G. de White?
En 1840, Miller ofreció unas conferencias sobre estas profecías en Portland, Maine a las que asistió una niña de 13 años que asistía a la iglesia metodista, Elena Harmon -posteriormente, Elena G. de White-, quien junto con su familia, abrazó el mensaje del segundo advenimiento de Cristo, el cual sucedería cuatro años después. Así mismo ocurrió con las miles de personas que se unieron al movimiento adventista y comenzaron a velar por el pronto regreso de Jesús. Pocas semanas antes del tiempo determinado, muchos dejaron sus negocios y hubo un gran despertar religioso, mientras que los opositores, no queriendo que Jesús viniera, pues estaban sumidos en la mundanalidad y muerte espiritual, argumentaban que “el día y la hora nadie sabe”.
Pero el pueblo de Dios debía ser desengañado: el tiempo de espera pasó y Cristo no vino. Frente a la burla de los hipócritas, un gran número de creyentes abandonaron su fe. Así como a Juan, quien en Apocalipsis 10:10 comió aquel librito -el libro de Daniel- y le supo dulce al paladar pero le agrió el vientre, así el pueblo de Dios debía desengañarse y entender que la profecía no había fallado, sino habían fallado en interpretarla. Omitieron una cita bíblica, Hebreos 8:1,2: “Tenemos tal sumo sacerdote que se ha sentado a la diestra del trono de la Majestad en los cielos; ministro del santuario, y del verdadero tabernáculo, que plantó el Señor, y no el hombre”; y Hebreos 9: 23,24: “Cristo no entró en el santuario hecho de mano, sino en el cielo”, pues el santuario terrenal sólo era una parábola de lo que hay en el cielo, el Santuario Celestial, del cual Moisés hizo un modelo.
El mundo quedó envuelto en las tinieblas e incertidumbre y muchos atribuyeron el fallo de la profecía y del movimiento adventista a Satanás. “Es necesario profetizar de nuevo”, le dijo el ángel a Juan luego de comer el librito. Era imprescindible que Dios enviara un profeta después de aquel chasco de 1844, en que, aproximadamente 30,000 personas se apartaron del mensaje del segundo advenimiento, quedando sólo alrededor de cincuenta personas que creían que la profecía se había cumplido pero en el cielo. Rectificaron que Jesús había pasado del Lugar Santo al Lugar Santísimo del Santuario Celestial, como nuestro Sumo Sacerdote, lo cual reafirmo en ellos la doctrina del sábado.
Organización de los Adventistas del Séptimo día
Hiram Edson, pastor que creyó en estas verdades, tuvo una visión acerca de la doctrina del Santuario. Mientras cruzaba un maizal en Nueva York, alzó los ojos y vio en visión a los cielos abiertos y a Cristo en el santuario entrando en el lugar santísimo para comenzar su ministerio de intercesión en favor de su pueblo, en vez de saliendo del santuario para purificar el mundo por fuego, como ellos habían creído que iba a suceder. Esta obra de Cristo armonizaba perfectamente con el mensaje del primer ángel de Apocalipsis 14:6: “Temed a Dios y Dadle Gloria, porque la hora de Su juicio ha llegado”. Rápidamente escribieron estas conclusiones en un periódico adventista llamadoDay-Star.
Mientras pasaba esto, Elena G. de White no lo sabía, ni siquiera conocía al grupo, pues ella vivía en Portland, Maine. Sin embargo, al final de los 2300 días también recibió la misma visión del ministerio de Cristo en el lugar santísimo. Un par de años después, en 1846, Elena y su esposo, Jaime White, recibieron un folleto de 64 páginas acerca de la verdad del sábado, por parte del pastor Jose Bates, quien a su vez conoció este mensaje por el pastor T.M Preble, y éste a su vez por Federico Wheeler, primer pastor adventista en aceptar el sábado.
En 1848, varios pastores adventistas se reunieron mediante cinco conferencias dedicadas a reunir sus creencias y desechar las falsas doctrinas que no estuvieran acorde a la Palabra de Dios. Así se fue reuniendo el haz de las doctrinas que hoy sostienen a los Adventistas del Séptimo Día. Cuando en su estudio llegaban al punto de decir “nada más podemos hacer”, Elena recibía luz que ayudaba a explicar la dificultad y despejaba el camino para que el estudio continuase. Así podían comprender las Escrituras y combatir el fanatismo de diversos tipos.
“… A menudo permanecíamos congregados hasta tarde por la noche; a veces toda la noche, orando por luz y estudiando la Palabra. Vez tras vez aquellos hermanos se reunían para estudiar la biblia, a fin de descubrir su significado y a fin de estar preparados para predicarlo con gran poder…” (Primeros Escritos, prólogo histórico)
En aquellos días, los adventistas aún no eran una iglesia, pues esta idea les causaba temor, porque muchos tenían miedo de caer en el formalismo como las demás denominaciones y así perder el favor de Dios. Pero sabían que era necesario organizarse, pues, de otro modo el movimiento no llegaría muy lejos. Pronto se le dio a Elena una nueva visión: debían publicar todas esas verdades presentes en una revista que, aunque pequeña, alcanzaría a muchos que no conocían las nuevas del regreso de Cristo. Así fue como en 1860, al organizarse la obra a publicar, mientras buscaban un nombre para la agrupación, escogieron uno que resaltaba las enseñanzas bíblicas que ellos predicaban. De esta manera surgió el nombre de “Adventista del Séptimo Día”, pero fue tres años más tarde, en mayo de 1863, cuando finalmente se organizó la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día. Fue así como Dios usó a esta mujer y a estos hombres para que no claudicasen después de una prueba tan dura y un trago tan amargo. Dios no acostumbra responder temprano, pero siempre llega a tiempo.
No he visto otra iglesia, aparte de la Adventista del Séptimo Día, que cumpla con esas características que mencionan Apocalipsis 12 y 14. El movimiento adventista no sólo es una “religión” entre muchas, es una iglesia prevista proféticamente para un propósito específico: proclamar el mensaje de los 3 ángeles a un mundo moribundo. Es cierto, la salvación no se garantiza por ser miembro de ninguna iglesia, sino por la fe individual. Es un gran privilegio ser parte de esta iglesia, pero esto no nos garantiza más la salvación de lo que en la antigüedad la garantizaba el ser hebreo. Dios tiene ovejas en otros rediles, pero hay una descripción específica del remanente de Dios en los últimos días. A esas personas les llama: “Salid de Babilonia, pueblo mío” (Apoc 18:4)

