No acumuléis tesoros en la tierra, donde la polilla y el óxido corroen, y los ladrones socavan y roban. Sino acumulad tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el óxido corroen, ni ladrones destruyen ni roban. Porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Mateo 6:19-21
En Éxodo 20 la Ley de Dios comienza con una serie de mandatos, y encabezando esa lista se encuentra el que dice “No tendrás dioses ajenos delante de mí”. Para todos los tiempos, los Diez Mandamientos dirigen su exhortación a la conciencia de cada ser humano y gravitan sobre ella. Siendo el único Dios verdadero, el Señor requiere que sólo él sea adorado. Este concepto de un solo Dios era extraño a la creencia y práctica politeísta de otras naciones. Dios nos exhorta para que lo coloquemos delante de todo lo demás, que lo coloquemos primero en nuestros afectos y en nuestras vidas. La mera creencia no bastará, ni aun el reconocimiento de que él es el único Dios. Le debemos una lealtad de todo corazón y una consagración como a un Ser personal a quien tenemos el privilegio de conocer, amar y en quien confiar y con quien podemos tener una comunión bendita. Es peligroso depender de algo que no sea Dios, ya sea riqueza, conocimiento, posición o amigos. Es difícil luchar contra las seducciones del mundo, y es muy fácil confiar en lo que es visible y temporal. No es difícil violar el espíritu de este primer mandamiento en nuestra era materialista, poniendo nuestra fe y confianza en alguna conveniencia o comodidad terrenal. Al hacerlo podemos olvidarnos de Aquel que creó las cosas de que disfrutamos
¿Qué advertencia relacionada con el primer mandamiento hay en el Nuevo Testamento?
No améis al mundo, ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo- los deseos de la carne, la codicia de los ojos y la soberbia de la vida-, no procede del Padre, sino del mundo. Y el mundo y sus deseos se pasan. En cambio, el que hace la voluntad de Dios, permanece para siempre. 1 Juan 2:15-17
Ilustración:
Arlín y su padre estaban discutiendo, el motivo era que Arlín había decido casarse esa misma semana sin el consentimiento de sus padres. El padre le dijo: Está bien. Comprendo que es un hecho. Has tomado una decisión y nadie te va a cambiar. Sólo quiero preguntarte una cosa. Esta vez, Arlín, calmada, tal vez porque sentía que su padre estaba cediendo, no lo interrumpió. El jueves pasado te pusiste una blusa blanca cuando tu novio quería que usaras otra. ¿Te acuerdas como reaccionó?- Ah bueno, sí… No le gustó mucho.- El padre dijo: ¿Qué no le gustó mucho? Se enojó demasiado; gritó y te dijo de todo. Y esa misma noche, cuando lo invitamos a cenar aquí en casa, ¿qué sucedió? – ¡Papá!, ¿por qué quieres recordar eso?- Porque al hombre no le importó avergonzarte delante de toda tu familia cuando dijiste algo que no le pareció. Si así te trata ahora, ¿Cómo crees que será más adelante?- ¡Ya basta papá! Gritó Arlín, tapándose los oídos. Estoy enamorada de Dany. Lo quiero. El es mi vida. Lo demás, todo eso que tú dices, no importa, porque lo amo mucho. Es más, lo adoro. Eso es todo. – ¿Lo adoras hija? ¿Lo adoras? Entonces… ¿qué es Dany para ti? ¿es un dios?. – Sí papá, Dany es mi dios.
Ese padre tembló ante las palabras de su hija, porque conocía el poder del amor cuando se convierte en instrumento del mal. El amor desbarata nuestras defensas y nos deja expuestos y vulnerables como no lo puede hacer otra fuerza en la tierra. ¡Qué duro fue para el padre de Arlín, unos meses después, cuando su hija, con muchas lágrimas, le confesó que ya había empezado a cosechar las terribles consecuencias de su decisión! Desaparecida la neblina de su infatuación, había despertado para descubrir que su esposo era un hombre celoso, que no estaba satisfecho nunca con sus mejores esfuerzos, que aplastaba constantemente su espíritu con sarcasmos y desprecio y, a menudo, con golpes…Y por eso Dios nos ha dado el primer mandamiento. Es una advertencia, motivada por una profunda preocupación. Su mensaje es: No entregues tu lealtad, no rindas tu devoción a otros “dioses” que no lo son, en realidad. No te comprometas en el servicio de quienes después de todo, te van a defraudar y lastimar.
¿Cuál es el gran principio manifestado en el carácter y en la vida de nuestro Salvador, y el cual es el único cimiento y la única guía seguros?
“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente” Mateo 22:37
El antiguo pueblo de Israel estaba rodeado de naciones que adoraban a “otros dioses”. Dagón, era un dios, con un cuerpo mitad pez y mitad hombre, era la deidad preferida de los filisteos. Ellos esperaban de él buenas cosechas y abundantes pescas, que significaban prosperidad. Los fenicios, preferían Astoret, diosa de la fertilidad. Su culto era especialmente popular porque se celebraba con borracheras y orgías. Los moabitas adoraban a Quemoz y los amonitas a Moloc. Ambas eran deidades que exigían sacrificios humanos, porque la gente las adoraba con todo fervor entregando hasta sus propios hijos para ser quemados en sus altares. Estaban dispuestos a hacer esto porque pensaban así asegurarse del poder de estos dioses para resolver sus problemas…Hoy en día las cosas han cambiado. La cultura popular presta atención al dinero, el sexo y el poder, y estos sigues ocupando el lugar supremo en los afectos de millones. La próxima vez que pases por un puesto de revistas, observa cuáles son los temas más populares. Fíjate, cómo vive la gente, cómo viste, qué escucha, de qué conversa. Fácilmente podrás comprobar la cuáles son las prioridades que encabezan su lista de “adoración”.
El primer mandamiento está escrito en forma de prohibición, pero lo que prohíbe revela lo que ordena. Nos apartamos de los “otros dioses”, los que engañan y destruyen. Pero lo hacemos para amar y servir al único Dios verdadero. Un día Jesús tuvo un enfrentamiento con Satanás, y éste le presentó a Cristo:
“Todos los reinos del mundo y la gloria de ellos” y le dijo: “todo esto te daré, si postrándote me adoras”(Mateo 4:8,9)
Era un ataque directo y descarado al primer mandamiento. Constituía un paquete que lo encerraba todo: dinero, sexo y poder. Aquí sería lógico esperar que Jesús le contestara citando el texto de Éxodo 20:3 “No tendrás otros dioses fuera de mí”. Pero esta vez se refirió a otra expresión positiva del mandamiento, la de Deuteronomio 10:20 “ Al Señor tu Dios adorarás, y sólo a Él servirás”. En ambos casos, el Señor no enfocó su atención en los dioses falsos. No mencionó lo que el mandamiento prohíbe sino lo que ordena… Cuando Dios es el tema de todo pensamiento, el objeto del amor, de la reverencia y de la adoración, cuando el Señor Jesús ocupa el primer lugar en la mente, el corazón es purificado de toda contaminación moral. Entonces el alma se transforma en juez certero; cada actitud es sazonada con gracia.
Si alguien quiere entrar en la senda de la rectitud y la obediencia, ¿Cuál es el primer paso que debe dar?
“Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros. Quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mis mandamientos, que guardéis mis normas, y las cumpláis” Ezequiel 36:26,27
Saber hacer lo bueno no es suficiente ni tampoco creerlo. En la década de los 70 un psicólogo llamado Lawrence Kolberg anunció que había encontrado una manera de mejorar la moralidad de la gente. Su método consistía en plantear ciertas situaciones imaginarias y preguntar qué es lo correcto en cada caso. Dijo que había logrado enseñar principios de razonamiento moral que permitía a la gente conocer siempre la respuesta correcta. Pero esa teoría se metió en problemas cuando a alguien se le ocurrió preguntarle si los que sabían la respuesta correcta, en realidad harían siempre lo correcto. Ante esta pregunta tan obvia, el psicólogo tuvo que contestar que “a veces”. La verdadera moralidad viene de un corazón renovado por la gracia. El apóstol Pablo dijo:
“Y no os adaptéis a este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios: la cual es buena, aceptable y perfecta”(Romanos 12:2)
Este cambio radical, es la base de una vida recta. No es un fruto de acondicionamiento ni técnicas de razonamiento moral. La renovación que resulta en verdadera moralidad es un acto de creación; es un don o regalo de Dios.
Conceder a Dios el primer lugar, significa dejar a un lado cualquier idea, interés o pensamiento que compitan con El o disminuyan su soberanía en nuestra vida. Este concepto será la base, el principio fundamental de la vida espiritual. Será el criterio rector que usaremos para evaluar el sinfín de decisiones y alternativas que enfrentamos día a día. Cada día preguntaremos ¿esta persona, este trabajo, este video, este deporte, esta música, cómo afectará mi relación con Dios? Cuando realmente empezamos a vivir así, entonces el orden y la moralidad empezarán a tomar posesión en nuestra vida, la paz ocupará el lugar de la angustia y la esperanza ahuyentará a la depresión y la desesperación. Apenas entonces empezaremos a comprender la clase de obediencia profundamente espiritual que Jesús describió en cada una de sus enseñanzas. Muchas personas creen de alguna manera en Dios, pero no llegan al punto de concederle el primer lugar en sus vidas. Pero éste es el único lugar que El puede ocupar. Por eso el primer mandamiento de “no tendrás dioses ajenos delante de mí” encabeza la lista de los 10 mandamientos. Si no obedecemos el primero, los otros nueve serían reglas morales sin más valor que miles de otras ideas buenas .
Vivimos en una época de un relativismo moral creciente y desenfrenado en la que se piensa que cada quien puede tener un concepto diferente de lo que es bueno y lo que es malo, y de que no nos queda otra cosa que aprender a vivir con ello. Se dice que las personas de una cultura o sociedad determinada no tienen el derecho de juzgar a quienes viven en otra cultura, no importa cuán extrañas u objetables sean sus acciones. Muchas personas dicen: ¡No somos quienes para juzgar estas prácticas, después de todo esa es su cultura”, en cambio otros dicen: “¿Cómo podemos decir que lo que están haciendo está mal?” Te voy a poner un ejemplo: Los nazis estaban totalmente convencidos de que tenían la razón, pero su fanático convencimiento no hizo que sus campos de concentración donde asesinaron a miles de personas fueran algo bueno, ¿verdad?. Hay ciertas cosas que sabemos que no están bien, independientemente de la cultura o de las preferencias personales… Un día, un ateo estaba discutiendo con un cristiano sobre los valores morales. El ateo insistía en que la moral es subjetiva y netamente personal. – Una escala de valores- dijo- puede ser tan buena como cualquier otra. El cristiano le contestó- bueno amigo, en algunas sociedades se enseña a las personas a amar a sus enemigos, y en otras se les enseña a comérselos ¿Cuál crees que es mejor?
¿Qué valor tendría el siguiente argumento?: “No me importa lo que diga la brújula, para mí el norte está del otro lado”. No hay duda al respecto. Ciertamente existen valores morales absolutos y verdades morales absolutas. Así como Dios creó el universo con leyes físicas, también creó leyes morales. Existen el bien y el mal, la bondad y la maldad; y la buena noticia es que Dios no nos ha dejado en medio de la oscuridad para que lo averigüemos por nuestra propia cuenta. Él nos ha dado un patrón absoluto de lo que es bueno y lo que es malo. Ese patrón está expresado en los Diez Mandamientos. Con el primer mandamiento, Dios estableció desde un principio el fundamento de todos los demás. Él tiene que estar en primer lugar en nuestra vida porque todo lo que tenemos proviene de él.
“Porque en él vivimos, nos movemos y somos”( Hechos 17:28)
En Dios está nuestra existencia. Pensemos en la lógica del primer mandamiento del Decálogo. Si no hay otros dioses y Dios nuestro Creador es quien nos mantiene, ¿ no nos parece lógico y sensato que caminemos junto a él? La promesa es para todos:
“De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron; todas son hechas nuevas” (2 Cor 5:17)
Mediante el poder de Jesús, podemos comenzar a vivir en armonía con su Ley moral y comenzar aquí en la tierra a disfrutar los beneficios de la obediencia y la conformidad con los planes de Dios.
Notas y referencias
Loron Wade, Los Diez Mandamientos
Shaw Boonstra, Clifford Goldstein, En Tablas de Piedra


