Mi increíble Salvador Jesús
Hacía mucho calor aquella tarde. Mi compañero y yo esperábamos que una brisa suave amenizase la situación. Ya habíamos visitado varias casas y hasta aquella hora no habíamos vendido siquiera un libro. Nos miramos el uno al otro y decidimos que era hora de volver a casa. Antes de hacerlo, nos detuvimos en una tienda en Ia esquina y pedimos un poco de agua. La señora que atendía nos preguntó qué hacíamos en aquella calle todos los días y por qué no habíamos pasado por su negocio hasta ese momento. Mi amigo, más que rápido, sacó el prospecto y presentó los libros que vendíamos. Ella quedó encantada y pidió el material que hablaba sobre remedios y tratamientos naturales.
Al salir, le dije a mi compañero que en realidad me tocaba a mí realizar la presentación, no a él. Un poco avergonzado me pidió disculpas, y me dijo que llamáramos en la próxima casa al final de
cuentas, ya estábamos allí. Me resistí bastante a hacerlo. Estaba cansado, con hambre, y el calor parecía consumir cualquier disposición para el trabajo.
Llamé en el portón una vez y nadie apareció. Insistí una segunda vez, nuevamente sin respuesta. Cuando comenzábamos a alejarnos, un rostro surgió en la puerta entreabierta y dijo:
-Esperen un poco.
Pasaron algunos minutos hasta que la señora, con una mirada un tanto asustada, abrió Ia puerta por completo y vino hasta el portón, retirando el candado para invitarnos a entrar. Quedamos un poco desconcertados frente a tanta hospitalidad. Comenzamos a conversar sin muchos preliminares, le presenté el material. Debido al cansancio decidí mostrarle solamente Io que trataba sobre el tema de salud. Pero cuando estaba terminando mi oferta, mi dedo abrió, sin querer (hoy sé que fue providencia divina), una página ilustrada que hablaba del libro Vida de Jesús.
Inmediatamente ella preguntó por ese libro. Sin tener excusa para darle, tuve que presentar todo el material. Al final de la presentación ella preguntó el valor. Confieso que se Io dije sin ninguna voluntad de vendérselo, me quena ir. Toda la colección tenía un valor significativo y ella no parecía tener condiciones financieras como para comprarla. Con una sonrisa dijo que quería toda la colección de la mejor encuadernación que tuviera. Quedé pasmado. Tanto es así que mi amigo comenzó a completar el pedido.
Nos quedamos en aquella casa el resto de la tarde explicándole a aquella señora y a sus hijos quiénes éramos nosotros y qué hacíamos y Io más importante, quién era Aquel hombre de la ilustración que tanto había llamado su atención.
Sus ojos brillaban. Parecía beber cada palabra que decíamos. Ella nos contó que junto con su esposo estaban buscando una religión para seguir y enseñársela a sus hijos, y que oraba a Dios para que enviase a alguna persona que le mostrase el camino que debía seguir.
Hasta hoy me emociono cuando me acuerdo de esa familia. Fueron bautizados y son fieles miembros de iglesia. Dios sabia que ella no estaba interesada en saber sobre salud. Lo que buscaba era a Jesús y, cuando él le fue presentado, se apasionó y nunca más Io abandonó.
¿Alguna vez pensaste que, a veces, estamos preocupados en presentar doctrinas distintivas, una iglesia bonita y organizada, estudios bíblicos profundos, una lógica profética irrefutable, todo el conocimiento sobre el estilo de vida saludable, pero nos olvidamos de mostrarles a Jesús a las personas? Ciertamente, esas otras cosas son importantes, sin embargo, parece que queremos convencer intelectualmente a las personas y dejamos de revelar a Aquel que tiene el verdadero poder de transformar vidas.
Y no necesitamos ir muy lejos. Nosotros mismos nos acostumbramos de tal manera a la religión, que pasa a ser un enmarañado de rituales y normas que deben ser cumplidos. Nuestros intereses se focalizan en disputas teológicas, en períodos y detalles proféticos. Y cuando un predicador se levanta para hablar de la persona de Jesús, muchos esbozan cierto aire de chasco, como si esperasen oír algo nuevo y estuviesen cansados de ese asunto.
Jesús fascina a cualquiera que entra en contacto con él, Muchos intentan compararlo con líderes espirituales y divinidades de otras religiones. Sin embargo, Jesús es incomparable. Todos los supuestos salvadores de la humanidad fueron hombres que, por algún proceso de iluminación o purificación, llegaron -según esas creencias- al estado de divinización.
Jesús es diferente. La Biblia presenta a Jesús como el Dios que se hizo hombre y habitó entre nosotros. Él no fue un hombre que se divinizó. Fue Dios que se humanizó. Nadie puede ser como él. Su naturaleza es única en todo el universo. Él es totalmente Dios y totalmente hombre. En Cristo Io humano y Io divino se encuentran en una unión misteriosa. Dios se interesó tanto en nosotros que se hizo hombre. Qué humillación para Aquel que es todopoderoso e inmortal, transformarse en un ser sujeto a la muerte. El Eterno ingresó a nuestro tiempo y a nuestra historia. EI Rey del universo nació aquí como un frágil ser humano. ¡Eso es amor!
La humillación de sí mismo de nuestro Dios Jesucristo avanzó hasta un nivel más profundo aún. Como si no bastase rebajarse a la forma de la criatura, también se ofreció como siervo de esta. Toda la vida de Jesús aquí en la tierra fue de servicio y abnegación.
Cristo podría haber exigido honra, gloria y reconocimiento de parte del pueblo y de sus discípulos.
Pero, al contrario de toda y cualquier expectativa, él comía con los pecadores, aliviaba el sufrimiento de los afligidos por el pecado, sanaba enfermos, alimentaba a los hambrientos y consolaba a los cansados, cuando él mismo iba a necesitar consuelo por todo el peso que llevaba sobre sus sagrados hombros. Sin embargo, no pensaba en sí mismo. Olvidándose de su propio sufrimiento, Io transformaba en motivación para salvar a las personas.
Como si no bastase todo esto, incluso lavó los pies de los discípulos. Y en el auge de su dolor, colgado en la cruz, se acordó de su madre y Ie pidió a Juan que la cuidara. Qué amor es ese que es capaz de olvidarse de sí mismo para hacer felices a los demás, que no Ie dan valor y que muchas veces no reconocen su abnegado sacrificio. A veces pienso en cómo contemplaron los ángeles aquellas escenas de entrega total. Tal vez ni ellos, que conocían en mayor profundidad el carácter de Dios, hubiesen imaginado que el amor divino pudiese ir tan lejos, al punto de que Jesús se entregara a la muerte en aquella terrible cruz.
Exactamente por su muerte y resurrección es que Jesús también es diferente de cualquier supuesto salvador de Ia humanidad. ÉI es el único que se resucitó a sí mismo. Él afirmó tener poder para eso: “Entrego mi vida para volver a recibirla” (Juan 10:17). Jesús no dependía de algún otro ser para resucitar. El es Ia resurrección misma, pues la muerte no puede contener al autor de la vida. Entonces, si nuestro Salvador es la vida, si tiene poder para recibirla, incluso estando muerto, ¿No puede resucitarnos del polvo de la tierra? ¡Ciertamente, sí.
Esa es la seguridad que debemos tener en nuestro corazón, que todo aquel que cree en el nombre del Hijo de Dios no necesita temer a la muerte, porque tenemos un Dios que tiene poder sobre la muerte. Nuestro temor debe ser el de apartarnos de este Salvador amante, pues lejos de la Vida caminamos hacia la muerte. La esperanza del cristiano en Jesús va más allá de la muerte. ÉI nos dejó la confortante promesa: ”Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apoc. 2:10).
¡Jesús es maravilloso! Entonces, ¿por qué hablamos tan poco con respecto a él? ¿Por qué damos más atención a discusiones infructíferas, perdiendo tiempo con programas de televisión y lecturas que no agregan ningún valor a nuestra vida, cuando deberíamos estar meditando en Ia vida del Ser más increíble de todo el universo? Jesús debe ser el tema de nuestras conversaciones, el centro de nuestros pensamientos, el blanco de nuestras acciones y Ia razón de nuestra vida.
Aquella mujer que compró mis libros aquella tarde calurosa y sofocante me enseñó una lección que jamás olvidaré: Las personas están cansadas de sermones técnicos y de programas especiales que entretienen más de Io que nutren la vida espiritual. Lo que anhelan, desesperadamente, es conocer a Jesús, el Hijo de Dios. Desean encontrarse con él para poder experimentar la paz y el amor que solamente él puede concederles. Son como aquellos griegos que le preguntaron a Felipe si podían ver a Jesús (Juan 1:20-23). No pidieron milagros, explicaciones teológicas acerca del mesianismo o cualquier otra cosa importante, pero que no era fundamental. Querían conocer a Jesús.
Cuántas personas están pereciendo a nuestro alrededor, anhelando ser tocadas por Jesús y nosotros no Io estamos revelando al mundo. Nuestros vecinos, amigos, compañeros de trabajo y de facultad andan ansiosos por algo que le dé sentido a sus vidas. Buscan respuestas para sus angustias más profundas. Y como nosotros no los conducimos a Jesús, se están perdiendo, yendo al encuentro de falsos salvadores que solo pueden ofrecer nada. Cavan cisternas rotas, mientras nosotros tenemos el agua de vida y no mitigamos su sed. Eso ocurre porque tenemos miedo o por la vergüenza de exponernos. Tales personas están perdidas y nos olvidamos de presentarles el Camino. La doctrina y las profecías son importantes, pero no valen de nada si no conducen a Jesús. Él es el camino, Ia verdad y la vida. Presentemos a Jesús a las personas. Exaltemos la cruz. Compartamos su amor. ¡Y el mundo conocerá el poder del evangelio! Sin embargo, no se puede dar aquello que no se tiene.
Para reflexionar
De manera práctica, ¿cómo puede mejorar tu vida hoy el hecho de que Jesús es tu Salvador? ¿Qué lecciones puedes sacar para tu vida de la manera en que trató a las personas?
Por la gracia y el poder del Espíritu Santo coloca en tu corazón la siguiente decisión: Hoy quiero vivir como Jesús vivió. Quiero amar como él amó. Durante las próximas 24 horas ora en relación con este asunto.


