Cada día estamos envueltos en una guerra y no podemos permanecer neutrales. Estamos del lado del bien o del mal, en cada pensamiento y acción. Las preguntas que nos debemos hacer son: ¿Qué debo hacer para estar siempre de lado del bien? ¿Cuál es el ideal del Padre para mi vida en las próximas 24 horas? En la jornada de hoy buscaremos la respuesta para estas y otras preocupaciones, al estudiar la vida, la muerte y la resurrección de Cristo.
La forma como Cristo vivió revela como desea el Padre que yo viva hoy. Por medio de su muerte, el Salvador provee liberación del pecado en todas sus manifestaciones. El pagó todo lo que la justicia requería. Por su resurrección, venció la muerte, se hizo vencedor de la confederación de las fuerzas del mal y extendió los beneficios de su victoria a todos sus hijos.
La vida de Cristo: ejemplo de inspiración
Pedro vivió junto a Jesús durante todo su ministerio público y lo acompañó en las situaciones más diversas. Mira su testimonio: “Para esto fueron llamados, porque Cristo sufrió por ustedes, dándoles ejemplos para que sigan sus pasos. Él no cometió ningún pecado, ni hubo engaño en su boca. Cuando proferían insultos contra él, no replicaba con insultos; cuando parecía, no amenazaba, sino que se entregaba que el que juzga con justicia” (1 Ped. 2:21-23).
Cristo vino como el segundo Adán, se revistió de humanidad y decidió no usar sus poderes divinos al enfrentar las dificultades y las tentaciones mientras vivió aquí. Como hombre, tuvo hambre y sed, sintió frío, cansancio, tristeza y hasta lloró. Pero nunca le dio lugar al diablo, ni cedió en ningún momento a las tentaciones. No hubo ninguna una mancha de pecado en su vida.
Jesús vivía en la presencia del padre en comunión y obediencia, desde la primera hasta la última hora del día. El mismo afirmó: “Yo he obedecido los mandamientos de mi padre” (Juan 15:10). Sus acusadores buscaba en una forma de acusarlo, pero el los desafiaba diciendo: “¿Quién de ustedes me puede probar que soy culpable de pecado?” (Juan 8:46). “Él tenía poder infinito solamente porque era perfectamente obediente a la voluntad de su Padre. El segundo Adán soportó la prueba y la tentación para llegar a ser el dueño de toda la humanidad” (Elena de White, Mensajes selectos, t. 3, p. 160).
Jesús vino para mostrar cómo deseaba el padre que Adán viviese y cómo le gustaría que nosotros vivamos. Así como no hay excusa para el pecado de Adán, tampoco la hay para el nuestro. La palabra profética dice: “Cristo fue tentado en forma 100 veces más cruel que Adán, y en circunstancias mucho peores en todo sentido. El engañador se presentó como un ángel de luz, pero Cristo resistió sus tentaciones. Redimió la vergonzosa caída de Adán y salvo al mundo” (Elena de White, La maravillosa gracia, p. 42).
“Cristo tomó sobre si nuestra naturaleza y vivió nuestra vida para mostrarnos que es posible para nosotros ser semejantes a él” (Elena de White, Dios nos cuida, p. 82).
Antes de continuar, medita y ahora con respecto al siguiente mensaje: “Cuando nos sometemos a Cristo, el corazón se une con su corazón, la voluntad se fusiona con su voluntad, la mente llega hacer una con su mente, los pensamientos se sujetan a él; vivimos su vida. Esto es lo que significa estar vestidos con el manto de su justicia. Entonces, cuando el Señor nos contempla, el ve no el vestido de hojas de higuera, no la desnudez y deformidad del pecado, sino su propia ropa de justicia, que es la perfecta obediencia la ley de Jehová” (Elena de White, Palabras de vida del gran maestro, pp. 253,254).
Por su muerte: rescate y salvación
En la cruz, Cristo unió rescató a la raza humana. “Entró una sola vez y para siempre en el lugar santísimo. No lo hizo con sangre de machos cabríos y becerros, sino con su propia sangre, logrando así un rescate eterno” (Heb. 9:12).
Cristo invadió la fortaleza del imperio de las tinieblas y nos rescató definitivamente para su reino. El apóstol Pablo registra así ese rescate: “El nos liberó del dominio del oscuridad y nos trasladó al reino de su amado Hijo” (Col. 1:13).
Aquellos que no tenían esperanza vieron la luz y la salvación. “Recuerden que en ese entonces ustedes estaban separados de Cristo, excluidos de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo. Pero ahora en Cristo Jesús, a ustedes que antes estaban lejos, Dios los ha rescatado mediante la sangre de Cristo. Por lo tanto, ustedes ya no son extraños ni extranjeros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la familia de Dios” (Efe. 2:12,13,19). Todos fuimos unidos en la dádiva de la Cruz. La muerte que era nuestra, Él la llevó sobre sí y la vida que era de Él paso hacer nuestra.
Pero el ser humano debe hacer su parte: creer y recibir diariamente al Hijo como Salvador y justificador: “… para que todo el cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna” (Juan 3:16). Y además agrega el apóstol Juan: “Y el testimonio es este: que Dios nos ha dado vida eterna, y esa vida está en el Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida” (1 Juan 5:11,12). El enemigo ahora no tiene ningún derecho más sobre aquellos que creen en Cristo. Ni siquiera la muerte puede separar el creyente de su Salvador: “Entonces Jesús dijo: Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá eternamente” (Juan 11:25,26).
Por su resurrección: victoria sobre el imperio de la muerte
La resurrección era el tema central de la predicación de los apóstoles. El Cristo que había sido muerto, pero que había resucitado victorioso sobre la muerte sobre el imperio del mal, volvería otra vez y sacaría los muertos del sepulcro, concediéndoles la vida eterna.
Esa predicación atacaba directamente el odio del enemigo de Dios y de sus seguidores. ¿Puedes imaginar la segunda venida de Cristo sin la resurrección? Satanás ha intentado segar a la humanidad en este tema con la doctrina de la inmortalidad. “Si al morir el hombre, su alma entraba en el gozo de la eterna felicidad o caía en la terna desdicha, ¿de qué servía la resurrección del pobre cuerpo reducido el polvo? (Elena de White, Notas biográficas, p. 55).
El apóstol Pablo destacó la relevancia de esta doctrina con las siguientes palabras: “Si no hay resurrección, entonces ni siquiera Cristo ha resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, nuestra predicación no sirve para nada, como tampoco la fe de ustedes. Aún más, resultaríamos falsos testigos de Dios por haber testificado que Dios resucitó a Cristo, lo cual no habría sucedido, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo a resucitado. Y si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes es ilusoria y todavía están en sus pecados. En este caso, también están perdidos los que murieron en Cristo. Si la esperanza que tenemos en Cristo fuera tan sólo para esta vida, seríamos los más desdichados de todos los mortales. Lo cierto es que Cristo ha sido levantado de entre los muertos, como primicias de los que murieron” (1 Cor. 15:13-20).
Es imposible que alguien crea en Cristo y no crea la doctrina de la resurrección. Al concluir, me gustaría que imagines como será el momento de la resurrección, cuando abracemos a nuestros seres queridos que murieron “en Cristo”. En oración, medita las palabras del apóstol Pablo: “Fíjense bien en el misterio que les voy a revelar: no todos moriremos, pero todos seremos transformados, en un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al toque final de la trompeta. Pues sonará la trompeta y los muertos en Cristo resucitarán con un cuerpo incorruptible, y nosotros seremos transformados. Porque lo corruptible tiene que revestirse de lo incorruptible, y lo mortal, de inmortalidad, entonces se cumplirá lo que está escrito: ‘la muerte ha sido devorada por la victoria’. ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria? ¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? […] ¡Pero gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro señor Jesucristo!” (1 Cor. 15:51-57).
Para reflexionar:
Lo que Cristo tiene reservado para nosotros es glorioso e inimaginable. Que ninguno de nosotros quede afuera de la vida eterna. El apóstol Pablo nos da el desafío para este día: “Por lo tanto, mis queridos hermanos, manténgase firmes e inconmovibles, progresando siempre en la obra del Señor, conscientes de que su trabajo en el señor no es en vano” (1 Cor. 15:58).
¿De qué forma puede esto mejorar tu vida hoy? Ora y piense en ello en las próximas 24 horas.


