Hacíamos un viaje en automóvil. Mi hija, de tres años, miraba por la ventana en dirección al cielo. Bonitas nubes cubrían el cielo. Después de observarlo por algún tiempo, ella preguntó
-Papá, ¿cuándo iremos al cielo?
Hacia poco tiempo habíamos estudiado Io que Dios nos preparará en la Tierra Nueva, y ella estaba manifestando su anhelo de estar allí.
El capitulo 65 del libro de Isaias nos da una vislumbre de Io que será la Tierra Nueva. Nos habla a todos nosotros, pero de manera especial a los niños. Mis hijos aman a los animales, y el simple hecho de pensar que, sin miedo, podrán acariciar corderos, lobos, leones y elefantes los hace vibrar, anticipando el día en que estaremos en la Tierra Nueva.
¿Y nosotros, jóvenes y adultos? ¿Qué nos atrae en relación con el cielo? Ya oí muchas veces sobre los placeres que disfrutaremos en la Tierra Nueva. Pero, para ser sincero, Io que más me atrae allí no es si podremos realizar determinada actividad o si tendremos ciertas cosas. Lo que me atrae es Jesús. La Tierra Nueva gira en torno a Jesús. Tal vez esa sea Ia razón por la que muchos cristianos prefieren seguir viviendo la vida aquí antes de anhelar llegar allá: terminamos por centralizamos exageradamente en Io que podremos o no podremos hacer y dejamos de lado con quién estaremos allá.
¿De qué vale el paraíso más soñado, con las comodidades más agradables y las actividades más interesantes, sin nuestro Salvador? Necesitamos hacer un trabajo mejor cuando presentamos Ia belleza de nuestro Salvador durante nuestra adoración. Si desarrollamos un vínculo tan estrecho con el maravilloso Dios del cielo, ese lugar no podrá ser comparado con nada más. Esa será la mayor alegría de nuestra nueva condición, a saber: “Yo veré el rostro de Jesús”. “¡Aquí, entre los seres humanos, está la morada de Dios! Él acampará en medio de ellos, y ellos serán su pueblo” (Apoc. 21:3).
Más allá de nuestros más acariciados sueños
Lo que Dios preparó para nosotros en la Tierra Nueva está mucho más allá de Io que podemos imaginar o pensar. ”Ningún ojo ha visto, ningún oído ha escuchado, ninguna mente humana ha concebido lo que Dios ha preparado para quienes Io aman” (1 Cor. 2:9). ¡Sea Io que fuere que nos atraiga en esta Tierra, será superado por mucho en la Tierra Nueva!
Cuando el apóstol Juan intentó describir la Tierra Nueva, mencionó Io que no habría allí: ”Después vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían dejado de existir, Io mismo que el mar. [… ] ÉI les enjugará toda lágrima de los ojos. Ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento ni dolor, porque las primeras cosas han dejado de existir” (Apoc. 21:1, 4). El pecado habrá desaparecido y con él, la muerte, Ia enfermedad y el dolor. Absolutamente todas las consecuencias del pecado habrán desaparecido y el universo habrá sido restaurado a su equilibrio original. Solamente habrá bien y amor.
La paz, Ia alegría y la plenitud permearán todo en Ia Tierra Nueva. No será un lugar estático ni carente de emociones y actividades. Elena de White declaró “AlIí se desarrollará toda facultad y toda aptitud aumentará. Se llevarán adelante las mayores empresas, se lograrán las más elevadas aspiraciones y se realizarán las mayores ambiciones. Y aún se levantarán nuevas alturas a las cuales llegar, nuevas maravillas que admirar, nuevas verdades que comprender, nuevos objetos que despertarán las facultades del cuerpo, la mente y el alma” (Elena de White, El hogar cristiano, p. 498). Sean cuales sean tus gustos y actividades favoritas, ¡seguramente en el cielo vas a encontrar algo mayor y mejor! ¡Dios pensó en todo!
La Nueva Jerusalén
La Nueva Jerusalén será la capital de la Tierra Nueva. En hebreo, Jerusalén significa “ciudad de paz”. El apóstol Juan hizo Io que pudo, con el lenguaje humano imperfecto, para describir la belleza de la nueva Jerusalén. La ciudad es como una “novia hermosamente vestida para su prometido” (Apoc. 21:2). La “luz” que emanaba de la ciudad fue Io que llamó la atención del apóstol Juan (Apoc. 21:9, 11 ). La gloria de Dios ilumina la ciudad, haciendo que la luz del sol y la de la luna sean innecesarias (Apoc. 21:23, 24). En Ia Nueva Jerusalén no habrá calles oscuras, puesto que las paredes y las calles son traslúcidas. “Allí no habrá noche” (Apoc. 21:25), ni “necesitarán luz de lámpara ni de sol, porque el señor Dios los alumbrará” (Apoc. 22:5).
Dios no ahorró recursos cuando construyó la ciudad. Las paredes son de jaspe cristalino, una piedra muy preciosa (Apoc. 21:11, 18). Los fundamentos son formados por doce piedras preciosas jaspe, zafiro, ágata, esmeralda, ónice, cornalina, crisólito, berilo, topacio, crisoprasa, jacinto y amatista (Apoc. 21:19, 20). Sin embargo, la mayor parte de la construcción es hecha de “oro puro, semejante a cristal pulido” (Apoc. 21:18). Doce puertas, cada una hecha con una sola perla, dan acceso a la santa ciudad, morada eterna de los salvos.
Hay otras pinceladas al respecto de cómo será Ia Tierra Nueva. EI apóstol Juan vio el Trono de Dios en el centro de la ciudad, de donde fluye “un río de agua de vida, claro como el Cristal” (Apoc. 22:1). Y con su majestuosa imponencia, en una y otra margen del río está el árbol de la vida. Sus doce frutos contienen el elemento vital que Ie ha hecho falta a Ia raza humana desde que Adán y Eva tuvieron que dejar el Edén el antídoto para la vejez, el deterioro, el cansancio y la muerte (Apoc. 22:2; Gén. 3:22). Los que comen del fruto de ese árbol no necesitan descansar a Ia noche (ver Apoc. 21: 25), porque en Ia Tierra Nueva no sentirán cansancio.
Jesús prometió que iría a preparar mansiones (Juan 14:1-5). El profeta Isaías adelantó que los redimidos “construirán casas y las habitarán” (Isa. 65:21). La edificación implica Ia preparación del plano, Ia construcción, las terminaciones y los muebles, más la posibilidad de remodelar y reconstruir. Esa afirmación del profeta Isaías nos dice que allí serán desarrolladas actividades relacionadas con Ia vida cotidiana, incluyendo “plantar viñas”.
Reinará perfecta armonía en el universo. La extensión material y temporal sin límites se destina a la felicidad de los hijos de Dios. Este es el párrafo con el que Elena de White cierra su serie de libros “El gran conflicto”. “EI gran conflicto ha terminado. Ya no hay más pecado ni pecadores. Todo el universo está limpio. Una misma pulsación de armonía y júbilo late a través de la vasta creación. Del Ser que todo Io creó manan vida, luz y contentamiento por toda la extensión del espacio infinito. Desde el átomo más imperceptible hasta el mundo mas grande, todas las cosas, animadas e inanimadas, declaran, en su belleza sin mácula y en gozo perfecto, que Dios es amor” (Elena de White, El conflicto de los siglos, edición 2007, p. 428).
Una perspectiva diferente
Creer en Ia doctrina de Ia Tierra Nueva nos da una perspectiva diferente de la vida, un nuevo horizonte. Nos da incentivo para soportar las aflicciones. Cristo mismo,”por el gozo que le esperaba, soportó la cruz, menospreciando la vergüenza que ella significaba” (Heb. 12:2). El apóstol Pablo renovaba su ánimo contemplando la gloria futura: “Por tanto, no nos desanimamos. [… ] Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento” (2 Cor. 4:16, 17). Pensar en la Tierra Nueva renovada produce la alegría y la seguridad de una recompensa inmortal. Cristo dice “Alégrense y llénense de júbilo, porque les espera una gran recompensa en el cielo” (Mat. 5:12). Da fuerzas para resistir la tentación. Moisés pudo apartarse de los “placeres del pecado” y de los “tesoros de Egipto, porque tenía la mirada puesta en Ia recompensa” (Heb. 11:26). La esperanza de morar en una Tierra Nueva nos da una vislumbre de lo que será el cielo. La recompensa del cristiano no está solo en el futuro. Cristo mismo, mediante el Espíritu Santo, viene al cristiano y mora con él, como una prueba o “garantía” de las bendiciones futuras (2 Cor. 1:22; 5:5; Efe. 1:14). Cristo dice “Si alguno oye mi voz y abre Ia puerta, entraré y cenaré con él, y él conmigo” (Apoc. 3:20). Y cuando Cristo viene, siempre trae el cielo con él. Comunión con él es el cielo en esta tierra, y eso “es el comienzo de la gloria, es la salvación anticipada” (Elena de White, Review and Herald, 14 de noviembre de 1854).
Pensar en la Tierra Nueva conduce a una mayor eficiencia
El cristiano que planifica vivir eternamente estructurará su vida con más cuidado y así impresionará, de manera más provechosa, a la sociedad, especialmente a aquellos que creen que son descartables y que la vida de ellos no tiene sentido.
Te invito a vivir hoy con Ia mente puesta en Ia Tierra Nueva. Podemos vivir hoy en comunión con Cristo, anticipando Ia maravillosa experiencia que será verlo cara a cara y disfrutar de su presencia. Vive aquí, en este mundo, como un cristiano total y, muy pronto, la Tierra Nueva será una realidad en tu vida.
Para reflexionar
Estoy aquí, pero no soy de aquí. Mi ciudadanía definitiva es la del cielo. Todo Io que proyecto o ejecuto aquí Io hago a la luz de la eternidad. ¿Cómo puede mejorar tu vida hoy esta visión estratégica de futuro? Piensa y ora sobre esto durante las próximas 24 horas.


