Ahora viene el dolor

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Porque la paga del pecado es la muerte. Pero el don gratuito de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro. Romanos 6:23

Un programa de noticias transmitió un reportaje especial sobre los métodos poco ortodoxos de una escuela de “últimas oportunidades”, diseñada para inculcar disciplina, responsabilidad y decencia a adolescentes descarriados. Mostraba una fila de 10 adolescentes rebeldes puestos de pie en forma desafiante bajo una lluvia torrencial mientras un sargento les gruñía y vociferaba insultos en sus rostros. En medio de la ducha de agua y para acribillarlos con gritos, repetía constantemente una frase que predecía la naturaleza de su educación inminente. El sargento gritaba: – ¡Ahora viene el dolor, muchachos! ¡Ahora viene el dolor!… Dios no es un sargento, y nosotros no somos adolescentes rebeldes, pero Dios hizo una promesa que el pecado pronto iba a traer dolor y muerte a los pecadores. En el epílogo de la decepción de Satanás y la desobediencia de Adán y Eva, Dios dijo: Ahora viene el dolor: Génesis 3:14 señala: Y Dios, el Señor dijo a la serpiente: Por cuanto esto hiciste, maldita serás entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu pecho andarás y polvo comerás todos los días- Y en cuanto a la mujer: A la mujer le dijo: Multiplicaré en gran manera los dolores de tus embarazos. Con dolor tendrás tus hijos. Ansiarás a tu esposo, y él te dominará.(Gén 3:16) y Al hombre le dijo “Por cuanto obedeciste a la voz de tu esposa y comiste del árbol que te había prohibido, maldita será la tierra por tu causa. Con dolor comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás las plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra de donde fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás” (Gén 3:17-19) Sin embargo en medio de todas estas malas noticias, ¿Cómo Dios transformó la desesperanza de Adán y Eva? ¿Cómo su camino lleno de dolor iba a ser estimulado por la esperanza?

Y Dios, el Señor, hizo al hombre y a su esposa túnica de pieles, y los vistió. Génesis 3:21

Una aseveración que a menudo se escucha en el contexto de la tragedia es que Dios no hizo que esta cosa mala sucediera, Satanás lo hizo… Y una vez un profesor le planteó a sus alumnos la siguiente situación: Supongamos que te cruzas con un adolescente que está golpeando sin misericordia a un niño de cinco años en el patio escolar. ¿Cómo reaccionarías? ¿Qué sucedería si el director de la escuela estuviera parado allí mismo mientras la golpiza se estaba llevando a cabo pero no estuviera haciendo nada para detenerla? ¿Quién tiene la culpa de que el niño de cinco años esté siendo golpeado? ¿El adolescente? ¿El director de la escuela? Evidentemente, en esta situación hipotética, el director de la escuela no está causando el dolor y el adolescente es el agente de la violencia. Pero desde nuestro punto de vista, y especialmente el del niño, el director tiene el poder de detener al adolescente pero elige no hacerlo. Eso está mal. Ciertamente, el director aunque no se encuentre directamente en falta, es responsable por lo que está sucediendo. Muchas veces pensamos que Dios puede hacer algo acerca del asalto del mal sobre las personas. Las Escrituras contienen registros de momentos en que Dios colocó su mano sobre la boca de los leones y protegió a los fieles del horno de fuego. Dios puede y ha intervenido. Asi que, ¿por qué “aparentemente” a veces no actúa? ¿Quién es el responsable de nuestro dolor?… A menudo al enfrentar nuestro dolor dejamos de ver lo que Dios ha hecho acerca de nuestro sufrimiento. Él ha limitado el poder del sufrimiento para vencernos. ¿Qué palabras inspiradoras dijo Jesús acerca de las aflicciones?

Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis aflicción. Pero tened buen ánimo, yo he vencido al mundo. Juan 16:33

Es posible que cuando sobreviene la tragedia, queremos que alguien tome la responsabilidad por el dolor. Una cosa es sufrir, pero resulta insufrible sentir que nadie tiene la autoridad para corregirlo o el poder para hacer que el dolor se vaya. Sabemos que la Biblia dice que la paga del pecado es la muerte, así que podríamos considerar el sufrimiento como algo lógico si le sucede a otra persona. Pero cuando nosotros nos convertimos en esa otra persona, apretamos los puños con ira. Quizá sepamos que las cosas malas suceden en un mundo de pecado, pero no queremos que esas cosas nos sucedan a nosotros. Un escritor llamado Chris Tiegreen expresó que el hecho de que suframos no debería sorprendernos. Durante siglos, los creyentes se han aferrado a Dios fielmente a pesar de nunca haber obtenido una explicación satisfactoria para su dolor. Podemos descubrir una manera de vivir la voluntad de Dios para nuestra vida cuando consideramos el carácter del Padre celestial. Podemos sobrevivir el peregrinaje a través del valle de sombra de muerte si él va con nosotros, mostrándonos cómo sanar, cómo seguir adelante. Cuando la situación se complica, nos llegamos a preguntar si hicimos algo malo. Porque generalmente presuponemos que si vienen problemas, debemos haber hecho enojar a Dios con nuestro mal comportamiento o por saber hacer lo bueno y no lo hicimos. Esta línea de pensamiento no es válida y tampoco es lógica, pero la corriente oculta de la culpabilidad tira de nuestros fundamentos de la misma manera que una marea en retroceso nos compele a seguirla. Durante la época de Cristo, las personas sostenían la idea de que Dios utiliza la tragedia para darle su merecido a las personas. ¿Qué pregunta le plantearon los discípulos a Jesús y cómo resolvió sus dudas?

Al pasar Jesús vio a un ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron: “Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego? Jesús respondió: Ni este pecó, ni sus padres, sino que sucedió para que las obras de Dios se manifiesten en él”. Juan 9:1-3

¿Son las tragedias el resultado de nuestro mal comportamiento o de oportunidades perdidas? Debo confesar que cuando las cosas van mal, tiendo a preguntarme: Dios, ¿estás tratando de decirme algo?. Pablo explicó que “por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron” (Rom 5:12) Sin embargo, recordó que la “dádiva de Dios es vida eterna”(Rom 6.23). Si bien Dios “hace salir su sol sobre malos y buenos”, también “hace llover sobre justos e injustos”(Mat 5:45) Y aunque Jesús nos aseguró que la adversidad iba a ser parte de nuestro caminar, también le ofreció a su pueblo paz, al decir: “confiad, yo he vencido al mundo” (Juan 16:33) Además, se nos promete: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”(1 Cor 2:9) Lo que estas promesas nos dicen es verdad. Durante siglos, muchos han soportado dolor indescriptible aferrándose a la esperanza de que la Palabra de Dios es segura. Por la fe, los creyentes han arañado y recorrido a veces tropezando a través de la oscuridad del trauma y la frustración, pero siempre avanzando y confiando más y más en Dios.

En una ocasión un alumno llamado Nathan ofreció una maravillosa metáfora para tratar de explicar cómo debemos aferrarnos a Dios durante las épocas de dolor o pérdida. Y les preguntó a sus compañeros si alguna vez habían visto un muro artificial para escalar. La pared, dijo Nathan, está cubierta con protuberancias y agarraderas de varios tamaños y formas que las personas utilizan para escalar el muro. Algunas de estas salientes son grandes como un ladrillo, proveyendo así un punto de apoyo para manos o pies fácil de usar. Otros son muy pequeños, pero puedes colocar toda la fuerza de tu peso sobre esa pequeña saliente. Así mismo, en la vida tenemos lugares amplios donde apoyarnos. Otras veces, solamente tenemos un pequeño asidero, quizá solamente un versículo de la Biblia o un ejemplo de un amigo creyente. Pero como un asidero en el muro de la escalada, aun cuando no sea mucho, es suficiente: suficiente para sostener todo nuestro peso. Alrededor de un mes después de que Nathan dio esta ilustración, el muchacho murió en un accidente automovilístico. Tengamos la misma seguridad de Nathan, avancemos por fe, y reflexionemos en las palabras del Salmo 63:7,8 Porque tú has sido mi socorro, y a la sombra de tus alas canto gozoso. 8A ti se aferra mi alma; tu diestra me sostiene.

Consideramos el pasaje de la Palabra de Dios que dice así: Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que podamos también nosotros consolar a los que están en cualquier tribulación, por medio de la consolación con que nosotros somos consolados por Dios. Porque de la manera que abundan en nosotros las aflicciones de Cristo, así abunda también por el mismo Cristo nuestra consolación. ( 1 Cor 1:3-5) Si estás pasando por el dolor, avanza, y descubrirás que te sientes refrescado y animado por otros que conocieron el dolor de una manera similar. Entonces estarás excelentemente calificado para sostener la mano de otra persona que está caminando en la oscuridad. Aunque quizá desees salir corriendo cada vez que estés cerca de alguien que esté sufriendo, acércate a esa persona. Encontrarás fuerza al ministrar y sostener a otros en medio de su tribulación. Encontraremos tregua de nuestro dolor al ayudar a otros con el suyo. Descubrir la voluntad de Dios no es un viaje rodeando la adversidad sino una decisión de permitirle a Dios que te lleve en sus hombros al atravesarla. Cree en las promesas de Dios, aun cuando las circunstancias parezcas insoportables.

 

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