Había entre los fariseos un hombre llamado Nicodemo, príncipe de los judíos. Este vino a Jesús de noche, y le dijo “Maestro, sabemos que tú eres un maestro venido de Dios, porque nadie podría realizar estas señales que tú haces, si Dios no estuviera con él”. Jesús respondió: “Te aseguro, el que no nace de nuevo, no puede ver el reino de Dios”…No te asombres que te haya dio: “Es necesario nacer de nuevo”. Juan 3:1-3,7
Cuando nacemos en este mundo, nacemos sin entender el gozo de la santidad o de la comunión con Dios. Aun así, ¡nacemos con un deseo incontrolable de adorar! Los mismos psicólogos y sociólogos seculares han descubierto que los seres humanos, inevitablemente, escogen adorar algo. Parece ser una necesidad innata, hay un vacío en el corazón humano que pide un objeto para adorar. Pero hasta que no descubramos la verdad del evangelio- que ese vacío tiene forma de Dios-, no estaremos verdaderamente satisfechos. Continuamos adorando objetos, personas, e incluso a nosotros mismos, pero la plenitud y la felicidad siempre estarán a la vuelta de la esquina. Tenemos que entender que necesitamos algo mejor: tener la capacidad de tomar una decisión inteligente. ¿Quién es el encargado de tratar de guiarnos por un mejor camino? ¿Quién es el responsable de la conversión de nuestro corazón?
Pero yo os digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré. Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. Juan 16:7-8
Nosotros no tuvimos la oportunidad de elegir nuestro primer nacimiento. Y aunque nuestros padres contribuyeron a que sucediera, Dios, el autor de la vida, es el responsable de traernos a la existencia. No solo eso, Dios es el responsable directo de que nuestros corazones sigan latiendo en este momento. Él no solos nos creó, sino que también nos sustenta. Pero a pesar de que no tuvimos opción en el asunto de nuestro primer nacimiento, Dios se ha asegurado de que realmente tengamos opción en nuestro segundo nacimiento. Y la descripción más completa de este nuevo nacimiento se encuentra en Juan 3.
Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. Nicodemo le dijo: ¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede acaso entrar por segunda vez en el vientre de su madre, y nacer? Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Juan 3: 3-5
Hay dos errores que suelen llevar al desánimo a los que se han entregado recientemente a Dios. El primero es la idea de que la conversión es un cambio de conducta total, inmediato y espectacular. Muchas veces las personas creen que esto es así y entonces descubren que siguen enfrentando algunas de las mismas tentaciones, tendencias, y problemas que tenían antes de convertirse, y se dan por vencidos. Concluyen que después de todo no estaban convertidos totalmente, y deciden esperar la siguiente campaña de evangelización, o el siguiente llamado al altar o cualquier cosa parecida. El segundo error consiste en creer que la conversión es una decisión única y que, una vez que la hemos tomado, estamos listos para el resto de nuestras vidas. La conversión es un asunto de todos los días. Debemos buscar al Señor y convertirnos diariamente. Solo así hallaremos la paz y la plenitud que nuestro corazón ansía. Ahora bien, estos dos errores sobre la conversión se pueden resolver si recordamos lo que la conversión es en realidad. ¿Qué tipo de transformación es la que Dios esperan ver en nosotros?
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta. Romanos 12:2
En cuanto a la pasada manera de vivir, despojaos del viejo hombre, que está viciado conforme a los deseos engañosos, y renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del nuevo hombre, creado según Dios en la justicia y santidad de la verdad. Efesios 4:22-24
Si deseamos conocer a Jesús, no basta con estudiar la Biblia, hemos de entablar una relación directa y personal con Dios para que el espíritu Santo pueda llevar su testimonio directamente a nuestro corazón…Una vez un joven llamado Moody, estaba esperando al pastor de su iglesia a la salida de la misma. Sr Torrey, yo no creo en nada. ¿Me puede enseñar a creer? – ¿No crees en absolutamente nada?- le dijo el ministro- ¿no crees que hay un Dios? – Sí- respondió-. Creo que hay un Dios, pero dudo de todo lo demás. – Está bien- le dijo- Si crees que hay un Dios, debes entregarle tu voluntad a él. Luego, lee el Evangelio de Juan, empezando por el primer capítulo. Pero no te preocupes por leerlo todo de una vez, hazlo despacio, prestando atención a cada detalle. Antes de que leas, haz esta oración: “Dios mío, muéstrame la verdad en estos versículos que estoy a punto de leer, y prometo seguir la verdad que me muestres”. Lee cada día, de manera consecutiva, hasta que termines de leer el Evangelio de Juan. ¿Lo harás? – Sí- respondió- así lo haré. – Algo más- añadí-, cuando termines de leerlo, vienes y me lo informas. Casi dos semanas después, una noche, cuando salía de una reunión de oración, el pastor se volvió a encontrar al joven y le dijo: “He venido a informarle”. ¿Cuál es tu informe?- ¿no sabe?- le preguntó- Sí – contestó el ministro- creo que sí. Bueno- dijo-, mis dudas se han desaparecido. Realmente creo que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y creo en la Biblia como la Palabra de Dios ¿Qué sucedió en el corazón de este joven? ¿Por qué ahora creía cuando antes no lo hacía, a pesar de haber leído el mismo libro una y otra vez? Ahora creía porque se había propuesto leer la Biblia para entablar una relación personal con Dios, de esa manera el Espíritu Santo pudo impactarlo con la verdad que se halla en las Sagradas Escrituras.
Pero éstas cosas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre. Juan 20:31
De cierto, de cierto os digo, que el que guarda mi palabra, nunca verá la muerte. Juan 8:51
Una persona confesó que antes de experimentar la conversión, en aquellos días odiaba la Biblia. La leía todos los días, pero le parecía el libro más inútil que podía leer. Prefería leer el almanaque del año anterior a tener que leer la Biblia. Pero cuando nació de nuevo, su corazón se llenó de amor por la Biblia; y ahora prefiere leerla más que cualquier otro libro. En aquellos años, antes de experimentar el milagro de la conversión, amaba los juegos de azar, el baile, las carreras de caballos, y las cenas con cerveza; y odiaba las reuniones de oración y los servicios religiosos. Hoy, él confiesa que odia el baile, los juegos, y las carreras de caballos; y ama las reuniones de los hijos de Dios y los servicios en la casa de Dios en el día del Señor. ¿Cuál es la explicación ante cambios tan drásticos como éste?
Pablo dijo en 2 Corintios 5:17 “De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es: las cosas viejas pasaron, todas son hechas nuevas”. El nuevo creyente no nace como un cristiano maduro y bien desarrollado. Al principio tiene la inexperiencia espiritual y la inmadurez de la infancia, pero como hijo de Dios tiene el privilegio y la oportunidad de crecer hasta la estatura plena de Cristo. El nuevo nacimiento, es entonces, cuando Dios nos da una nueva oportunidad para vivir conforme a los planes que a él le agraden. 2 Pedro 1:4 contiene la definición de Dios sobre el nuevo nacimiento: “Por medio de estas cosas nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas, lleguéis a ser participantes de la naturaleza divina”. La Biblia es siempre el instrumento a través del cual se imparte a los seres humanos una nueva experiencia.
Así como dependemos totalmente de la obra que Cristo hizo por nosotros para el perdón de nuestros pecados, también dependemos totalmente del trabajo del Espíritu Santo para la regeneración. Todo el proceso de regeneración se puede describir de esta forma: el corazón humano es la tierra; la Palabra de Dios la semilla; y nosotros somos los sembradores. Nosotros vamos al granero de la Biblia y tomamos de ahí la porción de semilla que deseamos sembrar. Seguidamente, la predicamos, la enseñamos, o la usamos como obra personal. Si lo dejamos hasta ahí, no habrá resultados reales. No habrá nuevo nacimiento. Pero si al predicar, enseñar, o hacer la obra personal buscamos al Espíritu Santo para que haga su trabajo, él apresurará la semilla cuando la sembremos, echará sus raíces en el corazón de aquellos a quienes les hablamos, y el corazón humano la cubrirá por fe. El resultado será una nueva creación.


