SALVACIÓN POR GRACIA – DÍA 3

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En toda la Biblia, del Génesis al Apocalipsis, solo existe un plan de salvación para la humanidad: Ia llamada “salvación por gracia”, a través de la fe en el sacrificio salvífico realizado por Cristo en la cruz del Calvario.

Algunos han abogado dos dispensaciones: (1) dispensación de la ley el Antiguo Testamento y (2) dispensación de la gracia, el Nuevo Testamento. ¿La Biblia presenta realmente esta distinción?

iAbsolutamente no! El plan de salvación es único, completo, perfecto. Siendo Dios Omnisciente, no necesita corregir aquello que hace.

Cuando el hombre pecó, Io primero que quiso hacer fue esconderse del rostro del Señor. Al preguntarle “Adán, ¿dónde estás?”, Dios deseaba que el reconociera y confesara su pecado. A partir de ese momento, el hombre comenzó a apuntar hacia varias direcciones a fin de justificar su error. Colocó la culpa sobre Ia mujer, que a su vez la colocó sobre la serpiente. La implicación de todo es que, finalmente, la culpa le fue atribuida al mismo Dios, como Creador.

Por causa del pecado y sus consecuencias “Ia paga del pecado es muerte (Rom. 6 : 23), Dios les hizo a los representantes de la raza humana, Adán y Eva, la promesa de restauración, que incluía la muerte de su Hijo unigénito (Gén. 3: 15). Es interesante notar que inmediatamente después de haber realizado Ia promesa, el Señor preparó vestimentas para Adán y Eva. Estas fueron hechas con pieles. Allí, en el Edén, quedó claro para Adán y Eva que “sin derramamiento de sangre no hay perdón” (Heb. 9: 22), y que, si queremos ser salvos, necesitamos creer en el sacrificio para el cual la muerte de aquel animal apuntaba, el sacrificio de Cristo (ver Patriarcas y Profetas, capítulo 4).

Entonces, no podemos pensar en salvación por las obras. Mucho menos en salvación por la ley. Solo existe un medio para que podamos ser salvos por la gracia, por medio de la fe. Todo el Antiguo Testamento es una ilustración del plan de salvación. La sangre de aquellos inocentes animales no tenía ningún mérito intrínseco. EI pecador era justificado no por causa del sacrificio que ofrecía, sino por la fe en el verdadero sacrificio, el del “Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1:29).

La mayor prueba de esto está ilustrada en la experiencia de Caín y Abel. “Tiempo después, Caín presentó al Señor una ofrenda del fruto de Ia tierra. Abel también presentó al Señor Io mejor de su rebaño, es decir, los primogénitos con su grasa. Y el Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró así a Caín ni a su ofrenda. Por eso Caín se enfureció y andaba cabizbajo” (Gén. 4:3-5). ¿Por qué a Dios le agradó la ofrenda de Abel y no la de Caín? A través de su ofrenda, Caín reconoció parcialmente los derechos de Dios sobre él. Un espíritu secreto de resentimiento y rebelión Io movió a acatar las órdenes de Dios según su propia elección. Obedeció en apariencia. Sin embargo, su forma de proceder revelaba un espíritu desafiante. Caín se propuso justificarse a sí mismo por sus propias obras, ganar la salvación por sus méritos personales. Por otro lado, Ia ofrenda de Abel fue una demostración de fe en el plan redentor y en el sacrificio expiatorio de Cristo.

Otra prueba inequívoca del método de salvación por la gracia, en el Antiguo Testamento, puede ser vista en el reconocimiento de David de su pecado, en el caso de Ia historia de Urías y Betsabé. Después de ser descubierto por el profeta Natán, David reconoció públicamente su pecado e imploró el perdón del Señor, ÉI pidió “Ten compasión de mí, oh Dios, conforme a tu gran amor conforme a tu inmensa bondad, borra mis transgresiones. [… ] Tu no te deleitas en los sacrificios ni te complacen los holocaustos de Io contrario, te los ofrecería. EI sacrificio que te agrada es un espíritu quebrantado tú, oh Dios, no desprecias al corazón quebrantado y arrepentido”(Sal. 51:1, 16, 17).

Podríamos agregar experiencia tras experiencia, y todas ellas apuntarían hacia el único modelo de salvación instituido por el Creador: salvación única y exclusivamente por la gracia, por medio de la fe en nuestro Señor Jesucristo.

¿Cuál es, entonces, el papel de la ley, ya que Ia salvación no es consecuencia de su obediencia? La ley, dice el apóstol Pablo,”vino a ser nuestro guía encargado de conducirnos a Cristo, para que fuéramos justificados por la fe” (Gál. 3:24). El guía al que se refiere el apóstol, un tutor en nuestra cultura, en las familias griegas era una especie de supervisor y acompañante de los niños, mientras ellos eran menores de edad. El trabajo de este tutor era acompañar a los niños hasta Ia escuela, protegerlos de peligros, impedir que se comportasen mal, así como disciplinarlos, en el caso que fuese necesario. EI apóstol Pablo usa esa figura para mostrar la función de la ley. La ley apunta hacia nuestra condición pecaminosa y nos conduce a Cristo, por medio de quien somos salvos. Entonces, como dice el mismo apóstol, “la ley es buena, si se aplica como es debido · (1 Tim. 1:8). Quererle atribuir a la ley una función que ella no tiene, es legalismo. Fue eso lo que Jesús condenó cuando estuvo en esta tierra.

Hace algunos años, en una iglesia de Inglaterra, el pastor notó que un ex asaltante se arrodilló para recibir la Cena del Señor al lado de un juez de la Suprema Corte de aquel país. El juez era el mismo que, años antes, había condenado al asaltante a siete años de prisión.

Después del culto, el juez y el pastor caminaron juntos y el juez preguntó:

-¿Usted vio quién estaba arrodillado a mi lado durante la Cena?

-SÍ-respondió el pastor-. Pero yo no sabía que usted lo había notado.

Los dos caminaron en silencio por algunos momentos más. Entonces el juez dijo:

-iQué milagro de la gracia!

El pastor estuvo inmediatamente de acuerdo:

-iSí, qué milagro maravilloso de la gracia!

Entonces el juez preguntó:

-¿A quién se refiere usted?

-Obviamente, ¡a la conversión del asaltante!

El juez dijo:

-Pero yo no estaba pensando en él. Estaba pensando en mí mismo.

-¿Cómo?, preguntó el pastor.

El juez respondió

-El asaltante sabia cuánto necesitaba a Cristo para que Io salve de sus pecados. Pero míreme a mí. Me enseñaron desde la infancia a ser un caballero, a cumplir con mi palabra, a hacer mis oraciones, a ir a la iglesia. Pasé por Oxford, recibí mi diploma, fui abogado y finalmente me convertí en un juez. Pastor, nada, a no ser la gracia de Dios, me podría haber llevado a admitir que yo era un pecador igual a aquel asaltante. Llevó mucha más gracia perdonarme por mi orgullo, mi confianza propia, y llevarme a reconocer que no soy mejor ante los ojos de Dios que aquel asaltante que envié a la prisión. ¡Y qué maravillosa es la gracia! Hay personas buenas que no entrarán en el Cielo solo porque su orgullo les impide llegar al Salvador (Steven J. Cole, Not the healthy but the sick world, 10 de marzo de 1997- Extraído y adaptado del libro En esto creemos).

Guarda en tu corazón

“Así como nuestra vida física es sostenida por el alimento, así nuestra vida espiritual es sostenida por la Palabra de Dios. Y cada alma ha de recibir vida de Ia Palabra de Dios para sí. Así como debemos comer por nosotros mismos a fin de recibir nutrición, así debemos recibir la palabra por nosotros mismos” (Elena de White, El Deseado de todos las gentes, edición 2007, pp. 232, 233).

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