“Porque por obras ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios, no por obras, para que nadie se jacte. Porque somos hechura de Dios, creados en Cristo Jesús para buenos obras, los cuales Dios dispuso de antemano a fin de que los pongamos en práctico“ Efe. 2:8-10
Implicaciones de vivir por la gracia
Ya aprendimos que nos es dada una porción de gracia para cada día. Nos es dada para atender las necesidades de ese día, por eso, debe ser renovada diariamente, en las primeras horas de cada mañana. Cuando somos bautizados en el Espíritu Santo recibimos ese poder vivificante y santificador para cumplir con nuestros deberes espirituales de ese día. Sin Ia gracia, quedamos descalificados para una vida de obediencia aceptable delante de Dios.
La gracia nos lleva a odiar el pecado en todas sus manifestaciones. Sin ella nos transformamos en rehenes de nosotros mismos y, consecuentemente, del enemigo de Dios y de nuestras almas. En adoración vamos a analizar algunas implicaciones de vivir inmersos en la gracia y en la misericordia hoy.
Mirar firmemente a Jesús
Ya vimos que es por la contemplación que somos transformados. No hay nada en nosotros que pueda agradar a Dios y calificarnos para la salvación. Cuando nos miramos a nosotros mismos y nos proyectamos desde el presente hacia el futuro, ¿qué vemos? Vejez, enfermedad, sufrimiento, desesperación, muerte y perdición eterna. El Espíritu Santo dice: “Mira hoy firmemente a Jesús”, La palabra profética nos advierte acerca del engañador y su programa diario para nuestra vida: “El poder maléfico de Satanás induce a los hombres a mirarse a sí mismos en lugar de contemplar a Jesús” (Elena de White, fe y obras, p. 27).
Subyugar al pecado en todas sus manifestaciones
Inmoralidad, ambición, falsedad, odio, egoísmo, orgullo, falta de dominio de Ia lengua y otros hábitos pecaminosos acariciados; ¿de qué pecados tu corazón necesita ser purificado? ¿Existe algún área de tu vida fuera del control del Espíritu Santo? En este momento habla con Jesús sobre este asunto. Hoy es el día de subyugar y vencer todas esas tendencias pecaminosas. Vencer hoy puede ser un gran paso para vencer mañana y, así, hacerlo sucesivamente. No ocultes ningún pecado que haya atormentado tu vida. La palabra profética dice “No eliminar algún pecado significa acariciar un enemigo que sólo espera un momento de descuido para causar nuestra ruina [… ]. La gracia divina es nuestra única esperanza”(Elena de White, Exaltad a Jesús, p. 137).
Es bien probable que en este momento estemos preguntándonos ¿Pero cómo es posible esto? La
presión es muy grande. Hace mucho tiempo que vivo con esta realidad (infidelidad conyugal, infidelidad en los diezmos y en las ofrendas, pornografía, dependencia de drogas “lícitas” e ilícitas, etc.). Escucha una vez más Ia palabra profética: “Cuando las tentaciones os asalten, cuando los cuidados, las perplejidades y las tinieblas parezcan envolver vuestra alma, mirad hacia el punto en que visteis Ia luz por última vez. Descansad en el amor de Cristo y bajo su cuidado protector. Cuando el pecado lucha por dominar el corazón, cuando Ia culpa oprime al alma y carga la conciencia, cuando la incredulidad anubla el espíritu, acordaos de que Ia gracia de Cristo basta para vencer al pecado y desvanecer las tinieblas” (Elena de White, La maravillosa gracia de Dios, p. 109).
Vivir cada día como un agente de la gracia
Cada día las noticias de las cosas que los hombres separados de Cristo hacen parecen asustarnos más y más. Como Juan, a veces nace en nosotros este sentimiento: “Señor, ¿por qué no acabas ahora con esto y no mandas ya tus juicios sobre estos incrédulos pecadores?”. Pero en lugar de pensar así, deberíamos reflexionar ¿Quiénes somos nosotros? ¿Por qué estamos aquí viendo y oyendo estas cosas todavía? ¿Cuál es nuestra misión para con todos aquellos que todavía no conocen el evangelio? En adoración y reflexión escuchemos la palabra profética: “En derredor nuestro hay almas que van hacia una ruina tan desesperada y terrible como Ia que sobrevino a Sodoma. Cada día termina el tiempo de gracia para algunos. Cada hora, algunos pasan más allá del alcance de Ia misericordia, ¿Y dónde están las voces de amonestación y súplica que induzcan a los pecadores a huir de esta pavorosa condenación? ¿Dónde están las manos extendidas para sacar a los pecadores de la muerte? ¿Dónde están los que con humildad y fe perseverante ruegan a Dios por ellos?” (Elena de White, Patriarcas y Profetas, edición 2007, p. 86).
Vivir cada día a la Iuz de la eternidad
La gracia de Cristo cambia nuestra disposición natural de pensar y actuar. El apóstol Pablo dice que por ella pensamos en las “cosas que son de Io alto”; o sea, en “todo Io verdadero, todo Io respetable, todo Io justo, todo Io puro, todo Io amable, todo Io digno de admiración” (Fil. 4 : 8).¿Por qué pensamos así? Porque cada día el cristiano que vive por la gracia tiene su vida enfocada en la eternidad.
Estamos aquí pero no somos de aquí. Las tendencias heredadas o adquiridas para el mal deben
ser vencidas y controladas por el odio natural que la gracia implanta en el corazón contra el pecado. La convivencia pacifica con el pecado acariciado nos roba nuestra meditación para buscar habitualmente a Dios en la primera hora de cada mañana. Pasamos a tener una relación superficial y, consecuentemente, perdemos la motivación por las cosas espirituales y por el cielo.
Escuchemos en este momento un recado más del Espíritu Santo: “El Cielo no sería deseable para las personas de ánimo carnal sus corazones naturales y profanos no serían atraídos por aquel lugar puro y santo y si se Ies permitiera entrar, no hallarían allí cosa alguna que les agradase. Las propensiones que dominan el corazón natural deben ser subyugadas, por Ia gracia de Cristo, antes que el hombre caído sea apto para entrar en el cielo y gozar del compañerismo de los ángeles puros y santos. Cuando el hombre muere al pecado y despierta a una nueva vida en Cristo, el amor divino llena su corazón; su entendimiento se santifica; bebe en una fuente inagotable de gozo y conocimiento; y la Iuz de un día eterno brilla en su senda, porque con él está continuamente la Luz de Ia vida” (Elena de White, Los hechos de los apóstoles, edición 2007, pp. 130, 131).
Mantener una relación diaria y profunda con Dios
Para aumentar más y más nuestro odio por el pecado, el Espíritu Santo nos guía a la Palabra de
Dios. Y, al oír su voz, nos llenamos de la gracia. De esa forma pasamos a recibir nutrición para producir cada día el fruto del Espíritu Santo. ¿Qué ocurre cuando vamos al banquete y comemos el pan que desciende del cielo, o sea, toda palabra que sale de la boca de Dios? ¿De qué manera eso influye en nuestra forma de ser durante el día? En espíritu de adoración meditemos en los beneficios de la palabra de Dios:
Nos asegura que en Cristo obtenemos fuerzas para la lucha contra nuestra naturaleza carnal, terrenal.
* A través de ella el Espíritu Santo viene al alma como el Consolador.
* Cada palabra que contiene es introducida por el Espíritu Santo en la mente del cristiano.
* Nos garantiza que, por Ia influencia de Ia gracia de Dios, su imagen es reproducida en nosotros y nos transformamos en nuevas criaturas.
* La vivencia de los principios que contiene hace que el amor tome el lugar del odio, y que el cristiano busque la semejanza de carácter con Dios (ver El Deseado de todas las gen tes, p. 355).
Y es Ia gracia de Cristo en nosotros Io que nos hace sus testigos. Solo podemos ser victoriosos por la sangre del Cordero, y por la palabra de nuestro testimonio (ver Joyas de los testimonios, t. 1, pp 170,171).
Nuestro crecimiento en Ia gracia, nuestra felicidad y utilidad, todo depende de nuestra unión con
Cristo y el grado de fe que ejercemos en él. Aquí está la fuente de nuestro poder en el mundo (ver El camino a Cristo, p. 68).
Guarda en tu corazón
“Así como nuestra vida física es sostenida por el alimento, así nuestra vida espiritual es sostenida por la Palabra de Dios. Y cada alma ha de recibir vida de la Palabra de Dios para sí. Así como debemos comer por nosotros mismos a fin de recibir nutrimento, así debemos recibir la Palabra por nosotros mismos” (Elena de White, El Deseado de todos los gentes, edición 2007, pp. 232, 233).


