EL ORIGEN HISTÓRICO Y PROFÉTICO DE LA IGLESIA ADVENTISTA DEL SÉPTIMO DÍA – DÍA 5

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Los adventistas del séptimo día somos el pueblo de la Biblia. Nuestro pueblo ha sido guiado por la Biblia desde el comienzo. Pero ¿cómo surgió nuestra iglesia?

A fines del siglo XVIII y principios del siglo XIX, tanto en Europa como en el Nuevo Mundo, las personas tenían algunos cuestionamientos sobre sí mismas, sobre el mundo en el que vivían, la existencia de un universo, el sentido de la vida humana y su finalidad. Muchas cosas comenzaron a ser cuestionadas, incluido el modo en que el hombre veía el mundo y Io explicaba, su relación con la naturaleza y con los seres vivos. Como refirió el filósofo Emanuel Kant, el ser humano estaba saliendo de Ia minoridad.

En algunas iglesias cristianas surgió el deseo de saber más acerca de Dios y de su relación con la
historia humana. Se sintió la necesidad de profundizar Ia fe en un Dios personal y el deber de transmitir al mundo, en constante mudanza y agitación, Ia imagen de un Dios de amor, que deseaba salvar y transmitir vida nueva a todas las personas. A ese fenómeno Io llamamos despertar o reavivamiento.

Entre las principales características del reavivamiento de ese período se destacan: interés por el
estudio de Ia Biblia, reforma de las costumbres y reflexión escatológica (o sea, una atención particular sobre la enseñanza bíblica del regreso de Jesús y de las señales del fin del mundo). Es en ese contexto que comienza la propagación de las ideas de Guillermo Miller, en Estados Unidos, a partir de 1831 y más tarde, a partir de 1861, de Ia Iglesia Adventista del Séptimo Día.

Guillermo Miller (1782-1849)
Guillermo Miller nació el 15 de febrero de 1782, en Pittsfield, en el estado de Massachusetts, Estados Unidos, en una familia piadosa y modesta. Se casó a los 21 años y se instaló en Poultney, en el estado de Vermont. Hombre estudioso, con gran sentido de justicia, ejerció las funciones de juez y de comisario de la pequeña localidad en la que vivía.

Miller compartía las ideas deístas de su tiempo. Sin embargo, los horrores que presenció en la guerra contra los ingleses entre 1812 y 1814 Io afectaron profundamente. Dos años después de Ia muerte de su padre, tenía cuestionamientos acerca de la muerte. Se instaló en Low Hampton, en el estado de Nueva York, para administrar los bienes de su padre y cuidar de su madre. Comenzó a frecuentar la iglesia de su tío, que era pastor bautista. Cierto día fue invitado a leer la predicación en sustitución del diácono de servicio. El texto de Isaías 53 Ie llamó la atención. Comenzó a estudiar la Biblia, principalmente las profecías bíblicas de Daniel y Apocalipsis. El cumplimiento de las profecías Ie dio Ia prueba que necesitaba para creer en la veracidad de las Escrituras.

Adoptando el principio de interpretación que reconoce que, en profecía, un día profético simboliza un año literal, al leer en la versión King James de Ia Biblia en inglés el capítulo 9 de Daniel, quedó impresionado por la precisión de los eventos allí descritos. Los comentarios de dicha versión tomaban como punto de partida para las profecías de las 70 semanas de Daniel 9, el séptimo año del reinado de Artajerjes, o sea, el año 457 a. C.

Dado que 70 semanas en profecía equivalen a 490 años, partiendo del año 457 a. C., concluyó que el cumplimiento de ese periodo profético ocurriría en el año 33 de nuestra era, y que el Ungido a quien se le quitaría Ia vida en la última semana se refería a Cristo, que murió alrededor del año 31.

Para Miller esa profecía estaba relacionada con la profecía de Daniel 8:14, que dice “Va a tardar dos mil trescientos días con sus noches. Después de eso, se purificará el santuario”. Aplicando el mismo principio bíblico de día por año, era obvio que esos 2,300 días representaban 2,300 años. Considerando, como en el caso de las 70 semanas, el año 457 a. C. como punto de partida para esos 2, 300 años, tendríamos su desenlace en el año 1843. Él creía que el santuario que sería purificado era la tierra, y que el regreso de Jesús ocurriría en 1843. Esa conclusión se dio en el año 1818, dos años después de comenzar su estudio de la Biblia.

Guillermo Miller no fue el primero, ni el único, que llegó a esas conclusiones. Él desconocía que ideas semejantes habían sido concebidas por el jesuita Manuel Lacunza, por Gutierry de Rozas, por Adam Burwell, por R. Scott, por el misionero inglés Joseph Wolff y por muchos otros.

EI movimiento millerita
En 1831, Guillermo Miller comenzó a propaga sus ideas. El resultado de esa iniciativa fue el inicio de un gran reavivamiento. Durante ese periodo predicó más de ochocientos sermones y muchas comunidades aceptaron su mensaje. Pastores de diferentes confesiones religiosas se adhirieron a predicación de Guillermo Miller. Con el apoyo de Josué Himes, pastor bautista, y de Josías Litch, pastor metodista, el movimiento tomó otra amplitud. Se editaron revistas, como por ejemplo Signs of Times y The Midnight Cry, y varios folletos fueron distribuidos.

Los años 1840 a 1843 fueron dedicados a la predicación del mensaje de advertencia en vista de inminente regreso de Jesucristo. “Los cálculos iniciales de Miller Io habían conducido al año 1843 aproximadamente”. Pero fue con la ayuda de Josué V. Himes, Josías Litch y Samuel S. Snow que la fecha del regreso de Jesús fue fijada para el 22 de octubre de 1844.

El día 23 de octubre trajo la amarga verdad; Jesucristo no había regresado. El día 10 de noviembre de 1844, a través de una declaración oficial en Boston, los responsables por el movimiento millerita reconocieron el error en relación con Ia interpretación del acontecimiento, sin colocar en duda la cronología bíblica. Muchos miembros del movimiento millerita Io abandonaron y regresaron a sus iglesias de origen. Los que quedaron, intentaron buscar respuestas para sus cuestionamientos, mantener su confianza en la Palabra de Dios. Guillermo Miller visitó a algunos de esos grupos, intentando animarlos para que guarden Ia fe. Miller murió, ciego, el 20 de diciembre de 1849.

Del gran movimiento millerita que, según algunos, habría alcanzado el número de 1 millón de seguidores, varias denominaciones se formaron:

* The Evangelical Adventists, organizados en 1858.

*The Advent Christians, organizados en 1861

*Iglesia Adventista del Séptimo Día, organiza da en 1863.

* The Church of God, organizada en 1866.

*The Life and Advent Union.

*The Church of God in Christ Jesus,

La existencia de esas denominaciones demuestra un poco la amplitud y Ia importancia que el movimiento millerita tuvo en EE. UU. a finales del siglo XIX.

El nacimiento de la Iglesia Adventista del Séptimo Día
Jesús no volvió el 22 de octubre de 1844 como los milleritas esperaban. Se cumplió el texto bíblico: “Lo tomé de Ia mano del ángel y me Io comí. Me supo dulce como Ia miel, pero al comérmelo se me amargaron las entrañas” (Apoc. 10:10). A semejanza de los discípulos de Jesús que quedaron decepcionados y chasqueados con su muerte y sepultura (Luc. 24:25-27), los milleritas también experimentaron una gran decepción, ya que el tiempo establecido para el regreso de Cristo había pasado y él no había regresado. La razón del chasco experimentado por los milleritas fue que se preocuparon más con el tiempo que con el lugar donde la profecía debería cumplirse: “el Santuario celestial”.

Como consecuencia de la desorientación que siguió al chasco del 22 de octubre de 1844, un grupo de personas compuesto por José Bates, Hiram Edson, Jaime White y personas más cultas como N. Andrews, Juan Loughborough y Urías Smith, intentó estudiar mejor la Biblia y encontrar una explicación para Io que había acontecido.

Fue Hiram Edson quien descubrió que todo estaba correcto en la predicación de Miller, excepto la relación “santuario-tierra”. Un estudio de mayor alcance de Ia Biblia, realizado por O. R. L. Crosier, los llevó a concluir que la profecía de Daniel 8:14 apuntaba hacia el ministerio de Cristo en el Santuario celestial. Tal evento fue tipificado por el Día de la Expiación, en el libro de Levítico (capítulo 16). Por Io tanto, el Santuario que debía ser purificado a partir del 22 de octubre de 1844 era el Santuario celestial y no la tierra.

Otras verdades bíblicas fueron presentadas, como la verdad sobre el sábado, primeramente introducida por Raquel Oakes, en 1844, y defendida de manera más sistemática por José Bates.

Con el pasar del tiempo, se hizo necesaria la existencia de una organización. En 1852, ya existían dos mil miembros, había publicaciones impresas periódicamente. por eso fue necesario definir reglas de organización y darles credenciales a los pastores. Había, sin embargo, algunas resistencias en adoptar un nombre y una organización. Fue necesario esperar hasta 1860 para que se acepte, en Ia Asamblea General, realizada en Ia ciudad de Battle Creek, el nombre: ”Adventistas del Séptimo Día” que identificaba a ese grupo de creyentes. El nombre “adventista” traducía la esperanza del regreso de Jesucristo. Y la expresión “del séptimo día” apuntaba hacia la observancia del sábado como día de reposo semanal. El 3 de mayo de 1861, se registró Ia “Asociación Publicadora de los Adventistas del Séptimo Día”; en octubre del mismo año, la “Asociación de los Adventistas del Séptimo Día de Michigan”. Finalmente, en 1863, fue fundada la
“Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día”, que contaba con 3, 500 adventistas, 30 pastores y 152 iglesias.

Pensamiento
“En los anales de la historia humana, el desarrollo de las naciones, el nacimiento y la caída de los imperios, parecen depender de Ia voluntad y las proezas de los hombres y Ia marcha de los eventos parece, en gran medida, estar determinada por el poder, Ia ambición y los caprichos de ellos. Pero en la palabra de Dios se descorre el velo, y encima, detrás y a través de todo el juego y contra fuego de los intereses, el poder y las pasiones humanas, contemplamos a los agentes del que es todo Misericordioso que cumplen silenciosa y pacientemente los designios y la voluntad de él” (Elena de White, Profetas y reyes, edición 2007, p. 224).

Guarda en tu corazón
“Así como nuestra vida física es sostenida por el alimento, así nuestra vida espiritual es sostenida por la Palabra de Dios. Y cada alma ha de recibir vida de la Palabra de Dios para sí. Así como debemos comer por nosotros mismos a fin de recibir nutrimiento, así debemos recibir la Palabra por nosotros mismos” (Elena de White, El Deseado de todas los gentes, edición 2007, pp. 232, 233).

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