En el banquete de ayer fuimos servidos por el Espíritu Santo con platos preparados con los ingredientes históricos y proféticos del surgimiento de la iglesia Adventista del Séptimo Día. Gracias a Dios formamos parte de una iglesia que no es propiedad de un hombre. Nuestra iglesia no tiene un dueño, un propietario humano. Su líder máximo es Jesucristo, por medio de Ia acción del Espíritu Santo.
El llamado para llevar las buenas nuevas de la salvación al mundo no puede ser visto solo como un desafío de un líder humano. EI llamado involucra mas que una actividad con vistas al aumento de los miembros de la iglesia. Con el noble propósito que buscamos, de permanecer en la presencia de Cristo desde la primera hasta la última hora de cada día, necesitamos comprender de modo más amplio la teología de la misión.
La misión en el Antiguo Testamento
La caída del hombre hizo de la misión una necesidad imperiosa (Gén. 3:1-8). La pérdida de la vida eterna, del hogar eterno, de la inocencia y la pureza moral interrumpieron el ambiente de felicidad edénico. Así, es propósito de Dios restaurar al hombre y a su hogar. Por eso la misión se inicia con Dios. Su naturaleza es buscar al hombre perdido, concientizarlo de su culpa y ofrecerle la salvación (Gén. 3:9-15). Dios le dirigió al hombre cuatro preguntas con el objetivo de concientizarlo de su transgresión: ¿Dónde estás? ¿Quién te dijo que estás desnudo? ¿Acaso comiste del fruto del árbol que yo te prohibí comer? ¿Qué es Io que has hecho? La respuesta del hombre al apelo divino fue Ia resistencia. Dios no insistió en la concienciación, sino que le reveló la salvación (Gén. 3:15, de acuerdo con Gál. 3:16).
Fue por la elección que Dios transfirió la misión al hombre. La primera información explicita es referente a Enós, cuando “se comenzó a invocar el nombre del Señor’’ (Gén. 4:26). Esta expresión es usada en el Antiguo Testamento para indicar un culto público. Años después, la Escritura registra la elección de Noé, de la casa de Lamec, descendiente de Enós (Gén. 6:13, y los versículos siguientes). Desde ese punto se da una sucesión de elegidos que, finalmente, alcanza al pueblo de Israel. Es necesario que se tenga en mente la razón de ser de la elección, lo que queda bien claro en Ia elección de Abraham. En Génesis 12:3 se dice: ”Por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra”. La finalidad de la elección no es hacer del elegido favorito, sino investirlo con la responsabilidad de ser una bendición para todos los pueblos (Gén. 18:18,19; 22:18; 26:4 28:14). La elección divina reside en la libre voluntad de Dios y en el amor, que él tiene por su pueblo, y no porque hubiese alguna grandeza o superioridad inherentes al pueblo (Gén. 7:6-8). La elección es para la realización de una misión mundial, y no para crear un pueblo favorito.
La santidad de carácter es el primer requisito para el éxito del ejercicio de la misión (Deut. 4:6-9) Dios quería hacer de Israel un reino de sacerdotes y una nación santa (Éxo. 19:5, 6 de acuerdo con Lev. 19:2). A la santidad Ia seguían las bendiciones que le eran inherentes. Las bendiciones de Dios incluían salud: “No traeré sobre ustedes ninguna de las enfermedades que traje sobre los egipcios (Éxo. 15:26, de acuerdo con Deut. 7:15). La prosperidad en todos los aspectos de la vida marcaría la experiencia de Israel (Deut. 28:1-14; 4:6-8; 7:13; Éxo. 31:2-6; 35:31-35). La superioridad de Ias leyes de Dios llevaría a los pueblos a reconocer la grandeza de sus estatutos.
El propósito de todos estos valores, desarrollados en el pueblo de Israel, tenía como objetivo transformar a la nación en un eficiente testigo de Dios (lsa. 43:10-12; 44:8). Dios pretendía que Ia nación fuese luz para los gentiles (lsa. 49:6; 66:18-20). Con eso, Dios quería librar a los israelitas del preconcepto, de todo etnocentrismo y nacionalismo exacerbado, que harían imposible la misión. Israel debía así hacer converger los pueblos al pueblo de Dios, a fin de que fuesen incluidos en la nación de Israel y partícipes de las bendiciones prodigadas por Dios (lsa. 49:6-9,12, 18, 22; 54:4, 5; Zac. 8:22, 23). Por eso se dice que la misión en el Antiguo Testamento es, predominantemente, centrípeta o convergente. Elena de White apoya esta enseñanza con las siguientes palabras: “Los hijos de Israel debían ocupar todo el territorio que Dios les había asignado. Las naciones que habían rehusado adorar y servir al Dios verdadero debían ser desposeídas. Pero Dios quería que mediante la revelación de su carácter por parte de Israel, los hombres fuesen atraídos a él. La invitación del evangelio debía ser dada a todo el mundo. Por medio de la enseñanza del sistema de sacrificio, Cristo debía ser elevado ante las naciones, y habrían de vivir todos los que mirasen a él. Se unirían con su pueblo escogido todos los que, como Rahab la cananea y Rut la moabita, se apartaran de la idolatría para adorar al Dios verdadero. A medida que aumentase el número de los israelitas, debían ensanchar sus términos hasta que su reino abarcase el mundo” (Elena de White, Profetas y Reyes, edición 2007, p. 12).
A través de las bendiciones dadas a Israel con base en la santidad, Dios quería atraer a los pueblos de toda la tierra para reconocerlo como su Dios, e integrarlos en la comunión de su pueblo.
La misión en el Nuevo Testamento
En el Nuevo Testamento la misión comienza con Dios, como aconteció en el Antiguo Testamento. Jesucristo es el iniciador y el modelo de toda actividad misionera. Él vino “a buscar y salvar Io que se había perdido” (Luc. 19:10). ÉI vino “para servir y para dar su vida en rescate por muchos” (Mar. 10:45), El mensaje central del evangelio es al mismo tiempo la naturaleza misma de la misión de Cristo. Eso significa obligatoriamente que él necesitaba sufrir. “La misión de Cristo podía cumplirse únicamente por medio del sufrimiento. Le esperaba una vida de tristeza, penurias y conflicto, y una muerte ignominiosa. Debía llevar los pecados del mundo entero. Debía soportar Ia separación del amor de su Padre” (Elena de White, El Deseado de todos los gentes, edición 2007, p. 71).
La extensión de la misión de Cristo ha sido entendida en tres aspectos principales: predicación, enseñanza y sanidad. Mateo entiende la misión de Cristo de esa misma forma, al declarar que: ”Jesús recorría toda Galilea, enseñando en las sinagogas, anunciando las buenas nuevas del reino, y sanando toda enfermedad y dolencia entre Ia gente” (Mat. 4:23 comparar con Mat. 9:31). Lucas agrega que Jesús realizaba esa misión con el poder del Espíritu Santo (Luc. 4:14), Ese fue el mismo patrón de misión que Jesús entregó al enviar a los doce (Mat. 10:1-42), los setenta (Luc. 10:12-25) y los ciento veinte (Hech. 1:8, 15 comparar con Hech. 2:1-8, 33).
El imperativo de la misión entregado a la iglesia fue: ”vayan y hagan discípulos de todas las naciones” (Mat. 28 : 19), dentro de los mismos moldes en los que Jesús realizó la misión, y de la misma forma en que sus seguidores la realizaron en los primeros años de la iglesia cristiana. Sin embargo, se debe decir que a “ir y hacer discípulos” le antecede “esperar la promesa del poder del Espíritu Santo”. No se puede salir para predicar, enseñar y curar sin primero esperar para recibir el poder del Espíritu Santo (Luc. 24:49 comparar con Hech. 1: 4-5, 8). La meta de evangelización no se alcanza con el agregado de nuevos miembros a la iglesia a través del bautismo. De hecho, solo es alcanzada cuando el nuevo converso es instruido por la iglesia, cuando espera y recibe cada día la plenitud del Espíritu Santo. Y testificando así, se transforma en un cristiano productivo (Hech. 2:41-47).
El gran objetivo del evangelismo es hacer cristianos e iglesias productivos. En ese proceso es imposible dispensar aquello que caracterizó la vida de Cristo y de los primeros cristianos el don del Espíritu Santo. “Antes que un solo libro del Nuevo Testamento fuese escrito, antes que se hubiese predicado un sermón evangélico después de Ia ascensión de Cristo, el Espíritu Santo descendió sobre los apóstoles que oraban. Entonces el testimonio de sus enemigos fue: “Habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina” (Elena de White, El Deseado de todos los gente edición 2007, p. 410).
Guarda en tu corazón
“Así como nuestra vida física es sostenida por el alimento, así nuestra vida espiritual es sostenida por la Palabra de Dios. Y cada alma ha de recibir vida de la Palabra de Dios para sí. Así como debemos comer por nosotros mismos a fin de recibir nutrimiento, así debemos recibir Ia Palabra por nosotros mismos” (Elena de White, El Deseado de todas los gentes, edición 2007, pp. 232, 233).

