DIOS EL PADRE – DIA 11

PermanezcanEnMiHoyDia11

Soy amado por Dios

Muchas personas siguen a Dios por miedo. En realidad, no son seguidoras, son esclavas. Esclavizadas por un temor. Aunque no Io comprendan, simplemente respetan, pues les enseñaron a actuar de esa manera. Pero no necesitamos ir tan lejos. ¿Ya pensaste en las razones por las que sigues a Dios? ¿Lo sigues por amor o por temor? Tal vez no sepas la respuesta sin embargo, permíteme hacerte una pregunta: ¿Realmente crees que Dios te ama? Al cometer un pecado grave, ¿logras volver y orar a Dios, como Io hacías antes de cometer la equivocación? ¿O sientes que necesitas darte un tiempo, hacer alguna cosa buena y, quien sabe, sufrir algo para poder redimirte delante del?

La carta de amor que Dios nos dejó presenta algunas de sus características. De estas vamos a subrayar tres:
1. Dios es inmutable el sus atributos (Sant. 1:17). ¿Ya percibiste que cambiamos de humor varias veces durante el día? Nos levantamos de una manera, las actividades del trabajo alteran ese estado y, a la noche, podemos estar con otro humor. El carácter y la personalidad que desarrollamos pueden sufrir alteraciones durante la vida. Pero Dios es completamente diferente. Él no cambia nunca sus atributos. Eso nos da Ia seguridad de que él es siempre el mismo y que en cualquier situación podemos confiar en él.

2- Dios es eterno (lsa. 40:28). Nos sorprendemos cuando alguien supera los cien años y nos deslumbramos al pensar en la vida sin fin que tendremos en el cielo. Nuestro Dios, sin embargo, es mucho más que todo eso, pues él no tiene comienzo ni fin. Él es el único ser en todo el universo que no está subordinado al tiempo ni sufre su influencia.

3. Dios es amor (1 Juan 4:8). El amor divino no puede ser confundido con lo que humanamente llamamos “amor”, que es limitado y, en general, está vinculado con un deseo egoísta. El amor de nuestro Dios es totalmente altruista. O sea, piensa primero en el otro. Y no es el resultado de nuestra acción. Nosotros amamos porque él nos amó primero.

Estas características de Dios nos llenan de esperanza y alegría, pues tenemos un Dios que nos ama de manera incondicional. Su amor no cambia de acuerdo con nuestras acciones, y ese amor es eterno. Como él mismo Io dice “Con amor eterno te he amado” (Jer. 31:3). ¡Cuán maravilloso es ser amado de esa manera, con amor infinito! ¡Tú eres un amado de Dios!

En Ia mente de muchas personas, el mensaje de que Dios es amor no condice con la realidad que ellas observan. ¿Cómo un Dios que ama permite tanto sufrimiento? Terremotos, hambre, pestes, guerras, violencia, pobreza, miseria, todas esas cosas parecen testificar en contra de la aceptación de la idea de que Dios pueda ser, realmente, amor. Puede parecer cómodo explicar eso teológicamente o cuando el dolor no es nuestro. Le decimos a un enfermo que él debe confiar en Dios. Y nosotros ¿confiamos en él? Cuando nuestro hijo es quien yace en un lecho de hospital, desahuciado por los médicos, ¿confiamos en Dios? Y si él llega a fallecer ¿seguiremos creyendo que Dios es amor? ¿Qué amor es ese que permite que una criatura inocente sufra y que no atiende al clamor de nuestro corazón? Sin sombra de duda, el sufrimiento humano es la gran prueba en relación con la aceptación o no de la idea de que Dios nos ama. Ha sido así desde los tiempos de la antigüedad y será así hasta el fin.

Los discípulos de Jesús encontraron a un ciego de nacimiento al lado del camino. En su cultura tradición la enfermedad podría ser vista como un especie de castigo divino por algún pecado cometido. Cuanto más pecaminoso el acto, más severa sería la enfermedad infligida. Había, sin embargo una cuestión teológica que se levantaba pues era fácil explicar la realidad de la enfermedad de esa manera si el individuo la había adquirido durante su vida. Pero ¿y cuando la persona nacía con alguna enfermedad? Surgían dos posibilidades: o el bebé estaba pagando por el error de sus padres, estaba pagando por algún pecado propio, cometido en el vientre de su madre (los judíos creían que un bebé podía pecar incluso antes de nacer, como hacía Esaú luchando contra Jacob en el vientre de Rebeca, cf. Gén. 25:22).

Imagino la mirada de compasión de Jesús hacia aquel hombre; y sobretodo hacia sus propios discípulos. Ellos estaban inmersos en una cultura religiosa errónea y no lograban comprender las acciones y enseñanzas de Jesús. No eran personas malas o me esquinas para con el sufrimiento ajeno. Eran ciegos, espiritualmente hablando. Su comprensión de quién era Dios les impedía disfrutar de una experiencia más profunda y feliz.

Los discípulos oían que Dios es amor, pero su práctica religiosa enseñaba lo contrario. Tantos rituales practicados invariablemente durante años, solamente para sentirse menos indignos y estar aptos para un encuentro con el señor cuando el apareciera. Mal sabían ellos que estaban frente al creador de todas las cosas, sin ninguna parafernalia ritualista o ceremonial. Caminaban lado en lado con aquel que mantiene el universo por la fuerza de su palabra. En su misericordia y tierno amor, Jesús le respondió que aquella enfermedad no era fruto de un desvío de la ley de Dios ni un castigo dado por el señor. Sino que Dios usaría aquella situación de ceguera para la gloria de Dios y la trasformarían bendiciones en la vida de aquel hombre y de tantos otros. Jesús curó aquel hombre le restableció la salud y la dignidad.

¿No es verdad que todavía pensamos como los discípulos? ¿Cuándo vamos a entender que el amor de Dios por nosotros siempre es el mismo? ¿Que, sin importar Io que hagamos o dejemos de hacer, él continuará amándonos de la misma forma, pues su amor no está condicionado a nuestras acciones ni es conquistado por nuestra bondad o esfuerzo? Dios eligió amarnos desde Ia eternidad, y es por ese amor que existimos.

Mientras tú lees este texto tus pulmones se llenan de aire, tu corazón late y, tal vez ahora, por haberlo mencionado, tú notas tu respiración y comienzas a oír el latir de tu corazón en el pecho. El sol nace y se pone todos los días, independientemente de toda la malignidad del ser humano, como si Dios estuviese diciendo con cada amanecer que todavía hay una oportunidad de salvación.

Cada detalle de su tierna creación, la belleza de las flores, el color de los pájaros, la diversidad de la vida marina, las bellas montañas quebrando la monotonía de la llanura, el viento que parece peinar la hierba, los pequeños animales en su laboriosa e incansable labor, como si estuviesen en una línea de producción, la risa feliz y bella de un niño que se divierte con los juegos de su padre, la mirada apasionada de un joven que encuentra su primer amor así como todas la posibilidades de ser, sentir, expresar y vivir experiencias únicas y fantásticas, fue él, el autor de Ia vida, el Dios de amor, quien nos las concedió, para nuestra felicidad.

En Ia belleza y alegría, tal vez sea fácil ver el amor de ese Dios maravilloso. Sin embargo, es necesario aprender a ver su bondadosa mano en medio de los momentos de dolor y sufrimiento. A Io largo de mi vida he aprendido a reconocer el amor de mi Señor en situaciones difíciles más que en las de bonanza y calma. Creer que todo Io que acontece en mi vida es para mi bien, porque sé que él cuida de mí, Ie ha garantizado paz a mi corazón. No puedo decir que los dolores acabaron, que los problemas se hicieron más fáciles, o que mi cuerpo no enfrenta enfermedades. En realidad, todos los acontecimientos de mi vida siguen como antes, pero tengo paz. Y esa paz, que no viene del conocimiento de los acontecimientos o el dominio de las circunstancias hace que el peso sea aliviado y se pueda dormir tranquilo cada noche. Es Ia convicción de ser amado Io que trae confianza que fortalece cada día.

Algunos se sienten solos en este mundo y verdaderamente, esta vida es muy dura para vivirla solo. Sienten que no son amados. Se sienten incomprendidos, no aceptados por los demás y que nadie se interesa en ellos. Tal vez ya te hayas sentido así en algún momento, o ese momento insiste en perdurar y se está transformando en tu realidad cotidiana.

Cada día enfrentas una batalla y algunos pensamientos ruines ya andan dando vueltas en tu cabeza. Conoces la Biblia, oíste muchos mensajes y amigos que intentaron encontrar una explicación para tu dolor, pero nada de esto te conforta. Lo que necesitas es creer que Dios nos ama. Cuando alguien dice que te ama y tú no crees en eso, ¿de qué vale ese amor para ti? ¿Cuánto bien te puede hacer tal amor, si tú no crees en él? Es necesario creer en el amor de Dios y sentirlo fluir en tu vida. Debes dejar que las promesas de Dios sean tu esperanza. Invítalo a formar parte de tu día, desde la primera hora de la mañana, y que te ayude a vivir en su presencia a cada paso.

Sal hoy para enfrentar este día con una sonrisa en los labios. No porque esté todo resuelto, sino por creer que tú tienes un Dios que cuida de ti, que te ama por sobre todas las cosas, que es capaz de cambiar el curso del universo solo para salvarte. Levanta la cabeza y ten la paz que solamente él puede dar. Siéntete amado y querido. Y, quién sabe, sal cantando aquella canción que dice: “Tan bueno es Dios. Tan bueno es Dios. Tan bueno es Dios para mí”.

Que el padre de amor te bendiga desde Ia primera hasta la última hora de este día.

Para reflexionar
¿De qué manera el hecho que tú eres un hijo amado de Dios puede contribuir para mejorar tu
autoestima? Pensándolo bien, ¿tienes razón alguna para vivir triste y melancólico, como si no tuvieses el origen que tienes? En tu ADN y en cada célula está escrito que Dios te ama. ¿Existe alguna cosa en tu vida que te impide ver ese amor? Ora y piensa sobre estas cosas en las próximas 24 horas.

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