EI poder del Espíritu en mi
Hay una declaración en el libro El Deseado de todos los gentes, en la página 112 (edición 2007), que dice: “Cada verdadero discípulo nace en el reino de Dios como un misionero. El que bebe del agua viva llega a ser una fuente de vida. El que recibe llega a ser un dador”. Cuando escuché este texto por primera vez, estaba cursando el primer semestre del curso de Teología. El profesor de Discipulado Cristiano nos contaba varias historias de su vida como misionero. Confieso que viajaba en mi imaginación, al oír aquellos relatos, y me impresionaba la forma en la que sucedían las cosas, cómo ocurrían los milagros y cómo Dios abría puertas y más puertas, a fin de que el evangelio pudiera entrar. Con toda seguridad, aquel hombre tenía el don de ser un misionero evangelista, por eso pensaba que ser un predicador era Io máximo a Io que alguien podría llegar en el cumplimiento de Ia misión. Hasta que fuimos a realizar las conferencias de evangelismo que correspondían al tercer año de nuestra carrera.
Cuando una iglesia es preparada para el evangelismo sucede un gran cambio. Cambia el foco, el objetivo por el cual las cosas son realizadas. Todo Io que ocurre, cada preparativo, colores, luces, decoración, todo es hecho con el objetivo de conducir personas a Jesús. El ambiente se vuelve maravilloso. No es que no Io sea en una iglesia durante los “días normales”, pero ser testigo de la transformación de vida de las personas que están trabajando y de los que frecuentan las reuniones hace que recobremos nuevo aliento para nuestra propia vida espiritual.
Se promueve la unión entre los hermanos, se siente una alegría que contagia. Es por eso que, en mi opinión, toda iglesia debería estar en ritmo de evangelismo todo el año. Cada culto y programación debería tener como objetivo Ia salvación de las personas. Si la iglesia estuviese enfocada en esto, los demás objetivos también serían alcanzados. Y ese ambiente de evangelismo permite que cada miembro participe en alguna actividad. Aquí entra Ia lección que aprendí.
La estructura de la iglesia estaba lista. Pero la región era, por decirlo de alguna manera, muy dura. Las personas tenían mucha dificultad en aceptar una invitación para ir a una iglesia evangélica. Además de esto, el sacerdote de la parroquia local comenzó una especie de persecución contra el trabajo que realizábamos. En cada casa donde yo daba estudios bíblicos, él comenzó a realizar una Novena (un programa de noventa días de programación litúrgica itinerante). De esa forma iban pasando los días. Cada tardecita me dirigía a determinadas casas y allá estaba toda Ia estructura de la misa montada. Obviamente, Io que más escuchaba era a las personas que me decían que ese día no podrían realizar el estudio porque el padre estaría allí. Comencé a preocuparme, pues sin público, no habría evangelismo. Y los días seguían pasando sin que yo consiguiera nuevos interesados para estudiar la Biblia.
Pensé en varios métodos. Sabía que podía confrontar al padre con argumentos que él no pudiera responder. Las personas que estaban estudiando habían comentado que habían quedado impresionadas con Io que estaban aprendiendo, que les gustaba conocer sobre la Biblia, ya que el padre nunca les había enseñado sobre esos asuntos. Sin embargo, continuaban negándose a continuar con los estudios y decían que no podían ir a las conferencias. Teníamos un excelente predicador invitado, directores de canto bien preparados, regalos y actividades para los niños. Pero no teníamos público. En ese estado de cosas fue cuando una hermana se ofreció a salir e invitar a las personas. Ella no tenla el “perfil” de evangelista, no tenía mucha cultura, hablaba con algunos errores, pero era la única que quería hacer ese trabajo. Y, en la desesperación, cualquier plan valía la pena probar. Ella salió al “campo de batalla” teniendo como armas una sonrisa, gentileza y buena reputación en la comunidad.
Problema resuelto. Los estudiantes volvieron. Los cultos vespertinos se llenaron y tuvimos un excelente resultado en aquella localidad. Aprendí que no fue mi don en dar estudios bíblicos, ni sermones bien preparados, ni el predicador ni Ia estructura montada, sino que fueron la sonrisa y Ia influencia de una hermana que hicieron que todo sucediera. Se hizo evidente que las simples invitaciones no traerían resultados. Cada parte del conjunto fue necesaria. Se vio cómo los “pequeños” dones, no siempre reconocidos, son sumamente necesarios para el avance de Ia obra de la predicación del evangelio de Cristo.
Cada persona que acepta a Jesús como Señor y Salvador recibe por Io menos un don espiritual. Los dones presentados en la Biblia alcanzan varias áreas de actividad en la proclamación del evangelio, tales como apostolado, profecía, evangelismo, obra pastoral y educativa (Efe. 4:11). La lista aumenta en Romanos 12: 6 a 18, donde aparecen los dones ya mencionados en la Epístola a los Efesios, con el agregado de otros. En 1 Corintios 12:8 al 10, el apóstol Pablo presenta los dones de sabiduría, conocimiento, fe, cura, milagros, discernimiento de espíritus, variedad de lenguas e interpretación de lenguas. Lo que queda claro en todas las listas es que no importa el don que se tenga, porque todos tienen alguno, el Espíritu Santo es quien decide qué don dar, a quién dárselo, cuándo dárselo y con qué intensidad darlo. Por Io tanto, no hay un don mayor que otro, sino que cada uno es de igual importancia para la obra de la predicación del evangelio.
Cada don tiene su finalidad. El Espíritu Santo los concede para el crecimiento de la iglesia de Cristo. Lo que significa que si alguien recibe un don y no lo usa para beneficio de la iglesia, este podrá serle retirado. Hay, también, otra implicancia: no todos reciben los mismos dones, porque cada iglesia tiene sus necesidades especificas. Por ejemplo, si una iglesia tiene músicos suficientes que cumplen con su misión, es posible que no sea necesario tener un hermano más con ese don. Tal vez haya una deficiencia en la recepción y Dios tenga que levantar a alguien para cumplir ese ministerio. El objetivo siempre es completar Io incompleto que procede de Ia acción humana en el cumplimiento de la misión.
Debemos orar a Dios pidiéndole que el Espíritu Santo nos conceda algún don para que trabajemos en su obra o, tal vez, orar para colocarnos a disposición para ser utilizados dónde y cómo él Io desee. El secreto es estar siempre dispuestos. Oí cierta vez una frase que me llamó Ia atención: “Dios no elige personas capacitadas, sino que capacita a las personas elegidas”. Sin entrar en la discusión de cómo Dios elige, creo que él busca a aquellos que están dispuestos. A veces estamos parados reclamando que nadie nos llama para el trabajo, que la iglesia no tiene actividad. Pero, cuando nos invitan, siempre tenemos la disculpa de decir que no somos capaces para realizar tarea. Bien, si Dios dice que él es quien concede la capacidad y los dones, ¿Cómo podemos decir que no tenemos don para nada? O Dios es mentiroso, o no nacimos de nuevo por el poder regenerador del Espíritu. Lo que ocurre es que muchos no quieren compromiso, e intentan encontrar, en Ia supuesta incapacidad, una disculpa para no involucrarse. Sin embargo, para Dios eso no es aceptable, pues es él quien capacita. Recordemos a Moisés y a Isaías, que decían que no eran capaces. En los dos casos, Dios los reprende, pues él mismo los capacitaría para el trabajo. Lo que nos impide trabajar en el evangelio no es Ia falta de algún don, sino Ia indisposición para el servicio. Y para eso necesitamos el milagro del nuevo nacimiento, de la presencia del Espíritu Santo en nuestra vida. Su presencia hará que los frutos aparezcan.
Jesús dijo cierta vez que por los frutos conoceríamos a quienes son sus verdaderos discípulos. Y cuando pensamos en frutos automáticamente los relacionamos con realizaciones externas en otras palabras, las obras que pueden ser medidas. Se hace evidente que los dones espirituales son una buena muestra de que somos discípulos de Cristo. Sin embargo, el hecho de que alguien parezca tener dones y usarlos públicamente en el nombre de Jesús puede que no sea una prueba de verdadero discipulado. En el mismo texto en el que Jesús habla de los frutos (Mat. 7: 21-23), menciona a un grupo de personas que, en el día del juicio, reclamarían tener una parte en el Reino de los cielos en virtud de sus obras, algunas de ellas hasta milagrosas, en nombre del mismo Jesús.
Cristo les dirá a los que dicen que profetizaban, expulsaban demonios y realizaban milagros en su nombre que no los conoce. Entonces, ¿no son esas acciones la manifestación de los dones del Espíritu Santo, de acuerdo con la lista que vimos anteriormente? ¿Cómo es posible que no provengan de Dios? Muchos se engañan porque creen que una vida con Jesús es solamente realizar cosas fantásticas. Esperan el poder sobrenatural realizador de milagros, eso atrae multitudes. pero se olvidan que Jesús dijo que “por sus frutos” ellos serían conocidos. ÉI no dice que sus discípulos serian conocido apenas por las obras realizadas en su nombre, pues Satanás puede contrahacer la verdad y, con engaños, reproducir falazmente los dones espirituales sin embargo, el enemigo de Dios jamás podrá reproducir los verdaderos frutos.
En Gálatas 5:22 y 23, el mismo apóstol Pablo indicó cuáles son los frutos del Espíritu santo amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre y dominio propio. Todo ser humano que nace en el reino de Dios recibe la presencia del Espíritu Santo en su vida o, como aprendimos en el Seminario de Enriquecimiento Espiritual Ill, el bautismo del Espíritu Santo. Nadie que no tenga el Espíritu Santo y no reciba ese bautismo diariamente es una nueva criatura. Por eso, es natural la manifestación de los dones y Ia aparición del fruto del Espíritu Santo en la vida del cristiano verdadero.
Es verdad que los dones son diversos. Algunos poseen determinados dones, mientras otros presentan dones diferentes. Pero todos los hijos de Dios, sin distinción alguna, poseen los dones y el fruto del Espíritu Santo.
Jesús, en su ministerio, no demostró el poder que tenía solamente para impresionar y conquistar personas. Los milagros, las curaciones, las liberaciones y hasta incluso sus sermones, eran manifestaciones de aquello que él era. Lo que cautivaba los corazones era el amor que brotaba de su corazón una bondad que parecía fluir de cada poro de su cuerpo. Tenía paciencia con los errores de los demás, hasta cuando eran de sus más cercanos seguidores. Manifestaba dominio propio constante, y eso inspiraba a aquellos con quienes entraba en contacto. La paz y la alegría que manifestaba contagiaban a todas las personas con las que entraba en contacto. Jesús salvaba por Io que él era, mucho más que por lo que hacía. Y si somos sus seguidores, ¿no deberíamos imitar su ejemplo?
No tengas solamente Ia apariencia de cristiano, debes ser realmente cristiano. Ama a tu prójimo de tal manera que él se sienta amado por ti. Debes ser bondadoso con los que te rodean. Ten paciencia con los errores y los defectos de los demás. Recuerda que tú también tienes los tuyos. Haz que a tu alrededor haya un ambiente de paz y de alegría, llevando a otros a que se sientan bien cerca de ti. Debes ser más semejante a Jesús y, entonces, el mundo conocerá el poder del evangelio. Tal poder no reside solamente en manifestaciones sobrenaturales, sino en la posibilidad que Dios tiene de transformar vidas perdidas en el pecado en nuevas criaturas, por el nombre y Ia sangre redentora de Jesucristo y por Ia presencia edificante del Espíritu Santo.
Deja que la luz de Jesús brille a través de ti, e ilumina el mundo que perece en las tinieblas.


