No codiciarás la casa de tu prójimo, no codiciarás la esposa de tu prójimo, ni su siervo, ni su criada, ni su buey, ni su asno, ni cosa alguna de tu prójimo. Éxodo 20:17
El décimo mandamiento tiene que ver con la adoración de “cosas” y también de personas. La idolatría se menciona en el segundo mandamiento, pero en el cierre del Decálogo, el cual menciona la codicia es una ampliación de la advertencia contra la idolatría. La codicia la podemos definir como el afecto desproporcionado por algo o alguien. Sin embargo, hay una diferencia entre esos dos mandamientos: el segundo mandamiento dice que no debemos dar más importancia a las cosas creadas que a Dios. Y el 10° Mandamiento dice que tampoco debemos de valorar las cosas creadas por encima de los derechos de otras personas, ni valorar a la gente en términos del beneficio que podemos obtener de ella. El último mandamiento condena la codicia. Todo deseo egoísta, toda manifestación de desconformidad, todo acto de astucia, toda complacencia egoísta obra para fortalecer y desarrollar el carácter y destruirá la semejanza de Cristo en el instrumento humano, además de que cerrará los portales de la ciudad de Dios frente a nosotros. El apóstol Pablo señala que la codicia es una forma de idolatría,
¿Qué recomendación hace para vivir una nueva vida semejante a la de Cristo ?
Por tanto, haced morir en vosotros lo terrenal: Fornicación, impureza, pasiones lascivas, malos deseos y la avaricia, que es idolatría. Colosenses 3:5
Benjamín Franklin tuvo una idea excelente. Quería mejorar su vida y su conducta; así que un día se sentó y preparó una lista de virtudes que quería lograr. Entonces, metódico como él era, organizó un plan para alcanzarlas.
¿Qué opinarías si alguien se propusiera poner un plan similar con respecto a los Diez Mandamientos? Sin duda sería una lista espectacular de virtudes. Y se armaría algo así como un manual de superación personal.
El apóstol Pablo dijo que el entorno religioso donde él creció tenía precisamente ese enfoque. Día y noche él y sus compañeros estudiaban la Ley y se esforzaban por obedecerla hasta en sus más mínimos detalles. Pero el apóstol llegó a comprender que esta forma de entender las cosas era un “ministerio de muerte”. ¿Por qué? ¿Cómo podría un intento sincero por obedecer los Diez Mandamientos producir un resultado tan negativo? Porque al organizar cada acto de la vida en torno a la ley ellos habían convertido la religión en una lista de reglamentos grabados con letras en piedra. Pablo contrastó este enfoque con el Nuevo Pacto, un término que tomó de la profecía de Jeremías 31:31-33. El corazón y centro de este pacto es: “Yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.
Esto significa que la religión no es una lista de reglas sino una relación personal con nuestro Redentor. No está centrada en nosotros y nuestra conducta, sino en Dios y su gran amor. Bajo este plan, los Diez Mandamientos llegan a tener una función y enfoque muy diferentes. Ya no son una escalera que debemos ascender trabajosamente esperando algún día subir lo suficiente como para poder entrar al cielo. Son principios sagrados para ayudarnos a evitar un sinfín de sufrimientos y errores. Bajo este plan son efectivamente una “ley de libertad” ( Santiago 2:12)…
Los competidores de los antiguos juegos olímpicos, después de haberse sometido a la renuncia personal y a rígida disciplinas no estaban todavía seguros de la victoria . . . Por ansiosa y fervientemente que se esforzaran los corredores, el premio se adjudicaba a uno solo. Una sola mano podía tomar la codiciada guirnalda. Alguno podía empeñar el mayor esfuerzo por obtener el premio, pero cuando estaba por extender la mano para tomarlo, otro, un instante antes que él, podía llevarse el codiciado tesoro.
En la vida cristiana, la envidia, la malicia, los malos pensamientos, las malas palabras, la codicia: éstos son pesos que el cristiano debe deponer para correr con éxito la carrera de la inmortalidad; Todo hábito o práctica que conduce al pecado o deshonra a Cristo, debe abandonarse.
¿Cómo podemos lidiar con el problema de la envidia , el cual es condenado por el 9° mandamiento?
No lo digo porque yo esté necesitado, pues he aprendido a contentarme con lo que tengo. Sé lo que es vivir en la pobreza, y también lo que es vivir en la abundancia. He aprendido a hacer frente a cualquier situación, lo mismo a estar satisfecho que a tener hambre, a tener de sobra que a no tener nada. A todo puedo hacerle frente gracias a Cristo que me fortalece. Filipenses 4:11-13
El décimo mandamiento lleva la moralidad un paso más allá, al nivel de nuestros pensamientos. Si podemos controlar lo que está en nuestra mente, controlar nuestra lengua y el resto de nuestro cuerpo será relativamente fácil. Se trata de cortar por lo sano allí donde el pecado se origina… Lo que Dios quiere hacer es protegernos de la envidia, ese horrible sentimiento que nos embarga y que nos come vivos hasta el punto de dominarnos, cuando vemos que alguien tiene más que nosotros o tiene algo que nosotros queremos.
Joe vivía en un edificio de apartamentos y un día llegó a casa con un brillante auto nuevo de color rojo. Al día siguiente, el vecino de Joe llegó a su casa con un auto rojo más grande, bonito y sofisticado que el de Joe. Parecía que el vecino había sentido envidia de Joe. Entonces Joe comenzó también a sentir algo de envidia. ¡ Un par de días después, otro vecino que vivía dos pisos más abajo se compró un carro rojo más grande y brillante que el de ambos! El problema de la envidia es tan viejo como la humanidad misma. La envidia no es simplemente una perversión del carácter, sino un disturbio que trastorna todas las facultades. Empezó con Satanás. El deseaba ser el primero en el cielo, y, porque no podía tener todo el poder y la gloria que buscaba, se rebeló contra el gobierno de Dios. Envidió a nuestros primeros padres, y los indujo a pecar, y así los arruinó a ellos y a toda la familia humana.
Licurgo fue el padre del antiguo reino de Esparta. A él le preocupaba tanto la envidia económica entre las diferentes clases sociales que creó una nueva estructura económica en Esparta. Ordenó que todo el oro y la plata fueran devueltos al estado, y que en su lugar el pueblo tenía que comenzar a utilizar solo hierro barato como dinero. Como era tan barato y común, la gente necesitaba carros tirados por bueyes para transportar el dinero consigo. Repentinamente el comprar y vender se convirtió en un dolor de cabeza, pero desaparecieron una serie de males de la sociedad. ¿Quién iba a robar a alguien si el botín era tan voluminoso? ¿Quién iba a sobornar a alguien si no iba a poder ocultar su ganancia mal habida? Se redujeron significativamente los lujos y la vida ostentosa porque se hizo muy difícil comprar las cosas. De repente las personas comenzaron a sentirse bien con lo poco que tenían… El principio que destaca implícitamente el último mandamiento del Decálogo es el del contentamiento. El que confía en Jesús como su eficiencia y justificación, su ser entero estará lleno de un santo contentamiento. ¿Cuál es la base del gozo del cristiano? Es el resultado del sentido de la presencia de Cristo.
¿Qué consejo puede ayudarnos para nutrir el contentamiento cristiano?
Manteneos libres del amor al dinero, contentos con lo que tenéis, porque él dijo: Nunca te dejaré ni te desampararé. Hebreos 13:5
Hay una ilustración que nos puede mostrar lo peligroso que puede ser la codicia en el corazón: Cierto hombre recibió un don especial. Cualquier cosa que quisiera, cualquier cosa que deseara, cualquier cosa que anhelara, se hacía realidad. Solo había un problema: su vecino obtendría el doble de todo lo que él obtuviese. El hombre deseó una gran propiedad, con mucha tierra y muchos sirvientes, y la obtuvo. Pero entonces su vecino obtuvo una propiedad dos veces mayor, y el doble de sirvientes. Deseó un establo lleno de caballos de carreras, y los obtuvo. Entonces su vecino recibió un establo dos veces más grande con el doble de caballos. Y así sucedió vez tras vez. No importaba lo que obtuviera, la envidia lo consumía, porque su vecino recibía el doble. Finalmente, al verse incapaz de soportar más la situación y sus nuevas riquezas, deseó quedarse ciego de un ojo, todo para hacerle mal al vecino…Pensemos en lo mejor que serían nuestras vidas si mantuviéramos este décimo mandamiento en el corazón. El envidioso difunde veneno dondequiera que vaya, enajenando amigos, y levantando odio y rebelión contra Dios y los hombres.


