La mentira al final del tunel

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La serpiente, la más astuta de todos los animales del campo que Dios, el Señor, había hecho, dijo a la mujer: “¿Así que Dios os dijo que no comáis de ningún árbol del huerto?” La mujer respondió a la serpiente: “Del fruto de los árboles del jardín podemos comer, pero del fruto del árbol que está en medio del jardín Dios dijo: No comáis de él, ni lo toquéis, para que no muráis”. Entonces la serpiente replicó a la mujer: No es cierto. No moriréis; sino que Dios sabe que el día que comáis de él serán abiertos vuestros ojos, y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal. Génesis 3:1-5

En el libro titulado Atrapada por la luz, de Betty Henry, la autora narra la siguiente experiencia: “Un día de 1973, después de haber sufrido una operación quirúrgica, me encontraba descansando en la cama de un hospital. Luego de dormitar un rato, me desperté con la sensación de que estaba dejando mi cuerpo, y me vi viajando a gran velocidad a través de una sustancia oscura y caliente. De pronto, vi un punto de luz en la distancia. La masa oscura que me rodeaba comenzó a adquirir la forma de túnel, y sentí que estaba viajando por él. A medida que me acercaba, iba percibiendo la figura de un hombre que estaba de pie, rodeado de luz. Al acercarme la luz se volvió más brillante. Aunque su luz era más brillante que la mía, me di cuenta que mi luz también nos iluminaba. Y al unirse nuestras luces, sentí que había formado parte de él y noté dentro de mí una explosión total de amor. Era el amor más incondicional que yo jamás había sentido, y mientras extendía sus brazos para recibirme, fui hacia él y recibí un inmenso abrazo, y yo repetía una y otra vez: Estoy en casa, estoy en casa, finalmente llegué a mi hogar”. Aquellos que escriben sobre experiencias relacionadas con la muerte, nos aseguran que si bien en el momento del fallecimiento el cuerpo puede perecer, el alma consciente continúa viviendo. Y miles de predicadores alrededor del mundo presentan desde los púlpitos mensajes similares. Nos enseñan que cuando alguien a quien amamos muere, se va al cielo para estar con Jesús. La gente asume con toda naturalidad que sus seres queridos están allá arriba mirándonos mientras seguimos viviendo aquí en la tierra. ¿Será cierto que cuando morimos dejamos nuestros cuerpos y viajamos hacia la luz? ¿Una luz que en realidad representa a Dios, es quien nos está esperando para darnos la bienvenida?

Los vivos saben que han de morir, pero los muertos nada saben, ni tienen más paga; hasta su memoria queda en el olvido. También su amor, su odio y su envidia perecieron ya, y nunca más participan en nada de lo que se hace bajo el sol. Eclesiastés 9:5

Los muertos no alabarán al Señor, ni cuantos descienden al silencio. Salmo 115:17

La opinión popular no determina lo que realmente sucede en el momento de la muerte. No es lo que los autores más leídos dicen saber, o lo que en las iglesias enseñen, o el esfuerzo de una médium para ponerse en contacto con los espíritus durante la hora de mayor audiencia de televisión. Ni tampoco lo determinamos tu y yo. Solo Dios puede revelarnos la verdad sobre la muerte, o sobre cualquier cosa. Y cuando Dios afirma algo, un millón de voces que se levanten y digan lo contrario, no lo convertirán en falso. Así como tampoco un millón de voces repitiendo una mentira la podrán convertir en verdad. La primera mentira expresada en la tierra tuvo que ver con la muerte. Es la misma falsedad que repiten convincentemente escritores, adivinos e incluso predicadores. Afirman que no hay muerte. Y que llega un momento cuando el alma inmortal abandona el cuerpo y asciende a un nivel de existencia superior. Pero la Biblia declara: La paga del pecado es la muerte ( Romanos 6:23). Y la muerte es la ausencia de la vida. EN el Edén, Dios no dijo a nuestros primeros padres (Adán y Eva): “Si ustedes comen del árbol del conocimiento del bien y del mal entrarán en un estado de eterna inmortalidad”. Por el contrario, Dios declaró rotundamente: “Ustedes morirán” ¿Cuándo se le promete al creyente la inmortalidad?

Porque el mismo Señor descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que estemos vivos, los que hayamos quedado, seremos arrebatados junto con ellos en las nubes, a recibir al Señor en el aire. Y así estaremos siempre con el Señor. 1 Tesalonicenses 4:16-17

Os voy a decir un misterio. No todos dormiremos, pero todos seremos transformados. En un instante, en un abrir de ojos, a la final trompeta; porque se tocará la trompeta y los muertos serán resucitados incorruptibles, y nosotros seremos transformados. Porque es necesario que esto corruptible sea vestido de incorrupción, y esto mortal sea vestido de inmortalidad. 1 Corintios 15:51-53

La Biblia utiliza la palabra “alma” unas 1600 veces, pero en ningún momento hablan las Escrituras de un alma inmortal: un alma que no muera. Las religiones ofrecen distintas posibilidades para después de la muerte. Por ejemplo, los musulmanes creen que el destino final de una persona es el “paraíso de Alá”, es el cual es descrito con lenguaje atractivamente materialista, o bien el infierno con todo tipo de torturas que se describen mediante imágenes muy gráficas. Los hindúes consideran la muerte como una gran travesía, en la que cada cual pasa por ciclos de reencarnación con muchos niveles de existencia: los más elevados son de luz y los más bajos son de tinieblas, y creen que solamente muere el cuerpo, pero el alma jamás lo hace. Los budistas enseñan que hay un nirvana final, que es un estado de bienaventurada liberación, más que un lugar físico. Los aborígenes australianos esperan que el alma navegue río arriba, donde se encuentran sus familiares muertos. Muchos esquimales piensan que después de la muerte las almas buenas van a “la tierra de la luna” donde gozan de un eterno y bendito descanso. Pero las almas malas viajan hacia el fondo del mar, donde está siempre oscuro y frío. ¿Cuál es la condición de la persona que muere?

No confiéis en príncipes ni en hombres, porque no pueden salvar. Sale su aliento y vuelve a la tierra. En ese mismo día perecen sus pensamientos. Salmo 146:3-4

Después (Jesús) agregó: Nuestro amigo Lázaro se ha dormido, pero voy a despertarlo del sueño… Entonces Jesús les dijo claramente: Lázaro ha muerto. Juan 11:11,14

El verdadero consuelo para los corazones dolientes y quebrantados no se encuentra en el consultorio de un adivino, ni en los ambiguos mensajes de un canalizador de la Nueva Era. Tampoco lo vamos a encontrar en los relatos de presuntas experiencias relacionadas con la muerte. Nuestra verdadera esperanza está en Jesucristo. Precisamente el último libro de la Biblia, el Apocalipsis, desenmascara el plan maestro de Satanás para engañar a las multitudes en los últimos días. Trata de hacerlo mediante el espiritismo, que se basa en la diabólica mentira de que el alma es inmortal. El apóstol Juan declaró: “Son espíritus de demonios, que hacen señales, y van a los reyes de todo el mundo, para reunirlos para la batalla de aquel gran día del Dios todopoderoso.”(Apocalipsis 16:14) El engaño final del diablo está relacionado con ángeles caídos que se hacen pasar por los difuntos, para así engañar. Apocalipsis 18:23 añade lo siguiente: “Tus hechicerías extraviaron a todas las naciones”. Y es que ver no siempre resulta suficiente para creer. ¿Acaso el padre de la mentira no se puede aprovechar de nuestro dolor ante la muerte de un ser querido, para hacerse pasar por el difunto? Concentrémonos en la verdad bíblica, y tomemos esperanza en lo que Jesús : “No temas, yo soy el primero y el último, y el que vive, y estuve muerto; y he aquí, estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades.” (Apocalpsis 1:17,18)

En Job 14:21 la Biblia dice de alguien que ha muerto: “Si sus hijos son honrados, él no lo sabrá, si son humillados, no lo verá”. Después de todo, si lo pensamos, ¿no es esto lo mejor? Imagínate una joven madre que fallezca y vaya directamente al cielo, dejando a su esposo y varios hijitos. Desde su lugar de gloria la joven madre mira y ve todo lo que está sucediendo en la tierra. Supongamos que el esposo comienza a beber profusamente y golpea a los niños. Además, supongamos que vive con otra mujer quien en forma cruel se despreocupa de la atención de aquellos niños. Día tras día, la joven contempla horrorizada esa escena, sin poder hacer nada al respecto. No tiene descanso, ni de día ni de noche ¿No se convertiría el cielo en un infierno para ella? ¿Y qué diríamos acerca del supuesto de que los padres puedan ver desde allá arriba a sus hijos cómo perecen trágicamente en la guerra? Por eso una de las verdades más reconfortantes de la Palabra de Dios es que al morir realmente descansamos en paz, sin que los problemas de la vida o las preocupaciones por los seres queridos nos inquieten; hasta que se produzca la llamada del Dador de la vida. ¿Sorprende entonces que la Biblia compare la muerte con el sueño? ¡Qué bendita esperanza la de los cristianos: una vida más allá de la tumba!

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