La primacía de Cristo – Día 1

PermanezcanEnMiHoyDia1
A lo largo de estos últimos años participamos de este emocionante aventura llamada SEE (Seminario de Enriquecimiento Espiritual), ¡y qué diferencia produjo esto en nuestra vida! En el SEE I anduvimos por los caminos de la comunión y la santidad, donde establecimos definitivamente el hábito de buscar a Dios en la primera hora de cada mañana. En el SEE II, experimentamos la salud y la duración, una aventura que nos proporcionó profundos cambios en nuestros hábitos y costumbres. El SEE III nos condujo a la bendición total diaria a través del bautismo diario del Espíritu.
El SEE IV, que ahora está en tus manos, trae la jornada Permanezcan en mí hoy, teniendo como objetivo el desarrollo y la consolidación del hábito de permanecer en la presencia de Cristo desde la primera hora del día hasta la última. Buscamos conducir a cada participante a una conexión sin interrupciones con Cristo a lo largo del día. Nuestras actividades no pueden sacarnos de la presencia de Aquel que todo lo ve.
Como ya aprendimos en el SEE III, un tiempo propicio para que seamos bautizados por el espíritu Santo es en las primeras horas de cada mañana, cuando estamos orando, alabando, estudiando y meditando. Entonces, vamos a orar y alabar (cantar himnos sobre Jesús) y después estudiar y meditar en el primer día de la jornada.
Bien, vamos vamos a iniciar por donde todo debe comenzar: Cristo Jesús, nuestro señor y Salvador. Él es el primero con respecto a Las cosas naturales y sobrenaturales, incluso en la cuestión de la salvación. Él debe ser el primero y el bien mayor de nuestra existencia hoy.
Vamos a meditar en Colosenses 1:13-23, que dice:
Verso 13: “Él nos liberó del dominio de la oscuridad y nos trasladó al reino de su amado hijo,
Verso 14: en quien tenemos redención, el perdón de pecados.
Verso 15: Él es la imagen del Dios invisible y el primogénito de toda creación,
Verso 16: porque por medio de él fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, poderes, principados o autoridades: todo ha sido creado por medio de Él y para él.
Verso 17: Él es anterior a todas las cosas, que por medio de Él forman un todo coherente.
Verso 18: Él es la cabeza del cuerpo, que es la iglesia. Él es el principio el primogénito de entre los muertos, para ser en todo el primero.
Verso 19: porque a Dios le agradó habitar en el con toda su plenitud
Verso 20 y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz.
Verso 21: en otro tiempo ustedes, por su actitud y sus malas acciones, estaban alejados de Dios y eran sus enemigos.
Verso 22 pero ahora Dios, a fin de presentarlos santos, intachables e irreprochables delante de él, los ha reconciliado en el cuerpo mortal de Cristo mediante su muerte,
Verso 23: con tal de que se mantengan firmes en la fe, bien cimentados y estables, sin abandonar la esperanza que ofrece el evangelio. Éste es el evangelio que ustedes oyeron y que ha sido proclamado en toda la creación debajo del cielo, y del que yo, Pablo, he llegado a ser servidor.
 
Cristo es el primero en el orden natural de las cosas, porque en él todas las cosas del mundo natural tuvieron su origen. Por eso él es llamado primogénito de la creación. Tanto las cosas que están sobre la tierra como las que están en los cielos fueron creadas por él. Todas las cosas, sean visibles o invisibles, tuvieron su origen en Jesucristo. Todos los niveles de autoridad en los cielos y sobre la tierra vinieron a la existencia través de él, sean tronos, poderes, principados sean potestades. Él es la fuente original Dora de todo y de todos, en todo lugar.
 
Pero no es sólo eso. El no es solamente el origen, si no también la finalidad del universo. Todo este gigantesco y descomunal espacio, que se mide por los más modernos medios de observación en 20,000 millones de años luz o mucho más, sólo encuentra el objetivo de su existencia en Cristo. Nuestra existencia como individuos, nuestros sistemas de valores, sólo tienen razón de ser y sólo encuentran su verdadera finalidad si Jesús es el objetivo de todas estas cosas. Nosotros, y todo lo que está nuestro alrededor, somos apenas vacío, nada, si Jesús no es nuestro origen en nuestro fin. Sin Cristo nada tiene sentido ni valor. Una vez que él es antes que todas las cosas, es de la primacía. Él es lo principal en el universo entero y debe ser también lo primero en nuestra vida.
Por otro lado, él es el sustentador de todo el universo. La energía que mueve las galaxias con sus billones de cuerpos celestes proviene de él. Jesús no solamente creo el universo, sino que lo mantiene, ofreciendo su energía para que continué en sumarse permanezca brillando, iluminando y coloreando el espacio sideral infinito. Eso no es menos verdad en relación con los seres humanos, criaturas dependientes de Dios. Necesitamos de él para vivir: “Cual ciervo jadeante en busca del agua, así te busca, oh Dios, todo mi ser. Tengo sed de Dios, del Dios de la vida. ¿Cuándo podré presentarme ante Dios? (Sal 42:1,2). Cristo tiene que ser en lo primero, lo principal, pues él es el origen, el medio, el fin y lo que sostiene el universo y a sus habitantes.
Cristo es el primero en el orden sobrenatural de las cosas. La iglesia pertenece a un orden superior. La iglesia, aunque terrena y humana, pertenece al orden sobrenatural de las cosas. Fue fundada por Cristo y en el sus miembros son liberados del imperio de las tinieblas y transportados al reino de la luz, el imperio del hijo de Cristo Jesús y de su amor. Así, los miembros de la iglesia tienen la redención, la remisión de los pecados. Y estas verdades no pertenecen al mundo natural, si no más bien al mundo sobrenatural. Él, Jesús, mantiene una relación con su cuerpo, la iglesia. Eres la cabeza de su cuerpo. Es él quien la comanda, quien la administra, conduce, resuelve sus problemas, en el ritmo y en la manera que él sabe que son los mejores. Los problemas que la Iglesia enfrenta, las dificultades innumerables en que vive, están bajo los cuidados del líder. Son también problemas y dificultades de él.
Cristo es el principio porque él es el “Padre eterno” (Isaías 9:6), El ser eterno. Los miembros de la iglesia, mientras estén en este mundo, están limitados por el tiempo. Pero en ella pueden tener un anticipo de la eternidad. La fuerza inexorable del tiempo que todo consume y destruye se confronta con él, el principio, que todo restaura.
Cristo es el primogénito de entre los muertos. El dice: “Porque entrego mi vida para volver a recibirla. Nadie me la arrebata, si no que yo le entrego por mi propia voluntad. Tengo autoridad para entregarla, y tengo también autoridad para volver a recibirla” (Juan 10:17,18). Tiene dominio sobre la muerte, porque la venció en la resurrección de otros y en la suya. “El dice yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera” (Juan 11:25).
En Cristo habita toda la plenitud. El es el contenido que llena todos nuestros vacíos. Los miembros de la iglesia necesitan estar llenos de él, rebosando. Por eso el apóstol Pablo dice más adelante en esta misma epístola: “Toda la plenitud de la divinidad habita en forma corporal en Cristo”, simplemente porque él lo es. Cristo es lo primero en el orden natural y sobrenatural de todas las cosas. Por lo tanto él es lo primordial.
Cristo es lo primero en el orden de la salvación. Por causa de nuestras obras malignas, vivíamos en esclavitud del imperio de las tinieblas. Éramos extraños a todas las promesas de la alianza, enemigos de Dios a partir de nuestro mundo interior, de nuestro entendimiento. Pecado, en este caso, es más, mucho más, que apenas un acto. El pecado está presente en nuestros sentimientos negativos, en nuestros deseos pecaminosos de todo tipo. Se manifiesta nuestra voluntad corrupta, en nuestros pensamientos, en nuestro estado de indiferencia para conocer mejor la voluntad de Dios tal y como es revelada en la escritura, en nuestra debilidad espiritual, por vivir con mucho menos de los privilegios espirituales que Dios quiere concedernos y no puede, porque nosotros se lo impedimos. Pecado es, además, aquel acto no cometido, simplemente porque no se dio una circunstancia favorable. Pecado es hacerlo esperar que los demás hagan aquello que Dios nunca pidió, pecado caracteriza el fanático. Pecado es también prohibir aquello que Dios nunca prohibió. Son personas que quieren ser más santas que Dios.
La verdad es que somos enemigos de Dios a partir de nuestro nacimiento, pues nacemos con la naturaleza mala, rebelde contra Dios. La solución para nuestro problema espiritual no es, simplemente, mejorar nuestro comportamiento. Es mucho más que eso. Es tener nuestra naturaleza es sometido a la voluntad de Dios. Y es imposible que eso acontezca simplemente por una rígida disciplina y severa vigilancia personal.
En el sacrificio de la Cruz, en su sangre, Jesús estableció la paz entre Dios y los seres humanos. A través de Cristo fuimos reconciliados con Dios. Éramos extranjeros y enemigos en el entendimiento. Ahora fuimos aproximados por la reconciliación que he realizado en el Calvario. Cristo reconcilió consigo todas las cosas, tanto las que están en la tierra como las que están en el cielo. La reconciliación involucra mucho más que los seres humanos. Involucra los mismos habitantes del cielo, que en el conflicto entre el bien y el mal necesitan contemplar el sacrificio de Cristo en la final y completa solución para el problema del mal. En este proceso el carácter de Dios fue vindicado, Satanás definitivamente fue desenmascarado, expulsado como representante del planeta tierra, mientras que el hombre fue salvo. Ahora el ser humano puede, por la justicia de Cristo, ser presentado como santo e irreprensibles delante del trono de Dios.
 
Conclusión
Queda así establecido que Cristo es el centro, el origen, la finalidad y en quien mantiene toda la iglesia, desde su sistema doctrinal hasta la vida de cada cristiano en forma individual. Cristo tiene la primacía en todas las cosas. El es el primado.
 
Guarda en tu corazón.
“Así como nuestra vida física es sostenida por el alimento, así nuestra vida espiritual es sostenida por la palabra de Dios. Y cada alma ha de recibir vida de la palabra de Dios para sí. Así como debemos comer por nosotros mismos a fin de recibir nutrimiento, así debemos recibir la palabra por nosotros mismos” (Elena de White, El deseado de todas las gentes, edición 2007, pp 232, 233).
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