LA EXPERIENCIA DE LA SALVACIÓN – DÍA 18

PermanezcanEnMiHoyDia18En su aspecto objetivo, la salvación no es solamente una doctrina, sino una persona. En su aspecto objetivo, no ocurre en el vacío, Sino por obra del Espíritu Santo, en la vida de cada ser humano que la acepta por fe en Cristo Jesús. En relación con el pasado, El pecador experimentan los aspectos iniciales de la salvación: la atracción, el arrepentimiento y la justificación y sus resultados.

El pecador es atraído a Dios por la manifestación del amor de Cristo, proclamado en la vida y en la muerte de Jesucristo. “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo”. (Juan 12:32). Cuando Cristo atrae a las personas con su amor eterno y su benignidad, son conducidas al arrepentimiento por la actuación del Espíritu Santo (Jer. 31:3; Ose. 2:14; 11:4). “Arrepiéntanse y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados” (Hech. 2:37,38; 3:19). El arrepentimiento es un “cambio radical en nuestra actitud hacia Dios y el pecado” (Creencias de los adventistas del séptimo día, p. 133).

Bajo a la actuación del Espíritu Santo los pecadores perciben la seriedad del pecado y sienten tristeza y culpabilidad por el. Sienten el deseo de confesarlo y abandonarlo, porque perciben que sus pecados ofenden la santidad de un Dios puro y bueno. El arrepentimiento verdadero, por lo tanto, lleva el pecador a renunciar a sus pecados y confesarlos (Lev. 5:5). De esta manera, el arrepentimiento alcanza su punto culminante la conversión del pecador (ver creencia de los adventistas del séptimo día, p. 133).

El arrepentimiento no es el resultado del esfuerzo humano, aunque ocurre antes del perdón. El arrepentimiento es un don que Dios  le da al pecador, quien es conducido por la bondad de Dios a esa experiencia, por la operación del Espíritu Santo quien “convencerá al mundo de su error en cuanto al pecado, a la justicia y el juicio” (Juan 16:8 cf. Hecho. 5:31 y Rom. 2:4). El pecador es, de esta manera, perdonado y justificado. Cuando esto ocurre, es liberado de la culpa, de la condenación del poder esclavizador del pecado. Se transforma en una persona espiritualmente libre. “Por lo tanto, no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de Él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte” (Rom. 8:1,2). Justificación, por lo tanto, “es el acto divino por el cual Dios declara justo a un pecador penitente, o lo considera justo” (Diccionario bíblico adventista, p. 687).

La justificación abre el camino para otras realidades en la vida de aquel que fue justificado: santificación, adopción como hijos, certeza de la salvación, vida victoriosa y vida eterna (Rom 8:29, 30, 33, 34).

La santificación sigue a la justificación. Ambas están íntimamente relacionadas, nunca separadas y siempre distintas. Por la justificación pasamos a tener derecho a la vida eterna. Por la santificación nos adaptamos a ella. La santificación es la actuación divina en la vida del pecador arrepentido que lo hace santo, o sea, separado para Dios. “Y en virtud de esa voluntad [la de Dios] somos santificados mediante el sacrificio del cuerpo de Jesucristo, ofrecido una vez y para siempre” ( Heb. 10:10) “Y eso era algunos de ustedes (impíos). Pero ya han sido lavados, ya han sido santificados, ya han sido justificados en el nombre del Señor Jesús y por el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor. 6:11).

La santificación sigue la acto de la justificación, como un proceso que dura toda la vida. Es la búsqueda constante y continúa de la semejanza con Cristo. Es el deseo íntimo de querer ser más santo cada día. Es la búsqueda de la perfección en todos los aspectos de la vida, por la obra del Espíritu Santo. Y ese proceso se inicia con la justificación, que es descrita por el apóstol Pablo, en Tito 3:3 al 7, como el lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo. Es en ese punto que la justificación y la santificación aunque son distintas, se relacionan íntimamente en la vida del pecador. En la justificación el pecador recibe del Espíritu Santo el poder para vivir una vida santa, lo que el apóstol Pablo llama el lavamiento de la regeneración y la renovación por el Espíritu Santo. De esa manera, los hijos de Dios por creación fueron hechos hijos de Dios por perdón. Son ahora hijos adoptivos de Dios. No se debe, sin embargo entender la adopción como inferioridad, sino -por el contrario- como superioridad. Los derechos  de los hijos adoptados en el plan de salvación superan a aquellos que disfrutaban los hombres antes de la caída. Basta con citar el hecho de que el centro del gobierno de Dios va a transferirse al planeta Tierra y que el Señor habitará en la tierra recreada y renovada (Apoc. 21:1-3). Dios vivirá entre los hombres para siempre.

La justificación trae consigo la humilde certeza y la alegría de la salvación. Y, por el poder del perdón, tenemos una nueva vida en Cristo Jesús, una vida victoriosa (2 Cor. 5:17). De esta forma, intentando cada día tener mayor comunión con Dios y luchando contra las tendencias pecaminosas que habitan en nosotros, proseguimos en el camino cristiano convencidos de que Jesús ya tomó todas las providencias necesarias para darnos el derecho a la vida eterna. Nuestro carácter, por lo tanto, necesita ser transformado interiormente, porque el pecado alcanza mucho más que nuestro comportamiento. Está arraigado en lo más íntimo de cada persona. Es justamente ahí donde Dios actúa con el poder del Espíritu Santo para transformarnos de acuerdo con el modelo: Jesucristo.

Dios quiere actuar mucho más allá que en nuestro exterior. Él quiere transformar nuestra voluntad, nuestros deseos, nuestros sentimientos, pensamientos, carácter, estado y hasta nuestra naturaleza. Y está claro que Dios quiere cambiar nuestra apariencia, nuestros actos, nuestras palabras, actitudes, forma de vestir, estilo de vida, recreación, nuestros gustos musicales, todo.

La búsqueda de esta experiencia de renovación debe de ser diaria. El apóstol Pablo dice que el hombre interior necesita ser renovado cada día, con el poder vivificante y santificador del Espíritu Santo (2 Cor. 4:16; Efe. 3:16). Esa fue la experiencia de Cristo en las primeras horas de cada mañana, al recibir el bautismo del Espíritu Santo. Aquellos que están viviendo en la práctica las enseñanzas del Seminario de Enriquecimiento Espiritual III también experimentan ese poder en la intimidad.

¿Por qué necesitamos de esa experiencia como creyentes justificados y santificados? El apóstol Pablo nos responde: “Para que por fe Cristo habite en sus corazones. Y pido que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo;  en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento, para que sean llenos de la plenitud de Dios. Al que puede hacer muchísimo más que todo lo que obra eficazmente en nosotros, ¡a él sea la gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos! Amén” (Efe. 3:17-21)

Para reflexionar:
Por medio de la gracia, el Señor Jesús opera diariamente mi justificación y santificación, proporcionándome el poder para vivir como un ser salvo. ¿Cómo debe afectar eso mi actitud en relación con mis hermanos en la fe y con la comunidad en general? Busca algún modo para compartir con alguien hoy esta experiencia de salvación. Piensa y ora sobre este asunto en las próximas 24 horas.

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