CÓMO VIVIR EN EL DIA DE LA EXPIACIÓN ANTITÍPICO – DÍA 39

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Todavía me acuerdo del día en que sería dada la sentencia de una acción judicial realizada contra mi hermano, debido a un grave accidente de tránsito en el que se viera involucrado. EI juicio había durado años y en ese día seria dada la sentencia. La espera y la ansiedad fueron tremendas, en vista de lo que estaba en juego.

Un sentimiento mucho más intenso dominaba al pueblo de Israel una vez por año, durante el Día de la Expiación. Esa experiencia era mucho más fuerte y fervorosa debido a Io que estaba en juego la salvación o la perdición eternas.

El Día de Ia Expiación
Tal como hemos visto, hay un Santuario celestial en el que Jesús está ministrando. Ese Santuario es el “verdadero tabernáculo levantado por el Señor y no por ningún ser humano” (Heb. 8:2). En él, Cristo actúa como sumo sacerdote” a la derecha del trono de Ia Majestad en el cielo” (Heb. 8:1). Dios usó los servicios allí realizados para proclamar el evangelio (Heb. 4:2). Los servicios del Santuario terrenal eran como una figura que sirvió de ilustración hasta Ia primera venida de Cristo (Heb. 9:9-10). Por medio de los símbolos y de los rituales, Dios se proponía captar la atención de Israel y focalizarlo en el ministerio sacerdotal del gran sumo sacerdote, Cristo Jesús.

El santuario ilustra las tres fases del ministerio de Cristo: el sacrificio sustitutivo, Ia mediación sacerdotal y el juicio final. La primera fase fue cumplida en la cruz, cuando Cristo murió por los pecados de la humanidad. El ministerio de intercesión fue iniciado cuando Cristo ascendió “a Ia derecha del trono de la Majestad en el cielo” y continúa hasta el presente, pues él vive “siempre para interceder” por nosotros (Heb. 7:25).

El sacrificio sustitutivo y la intercesión eran algo que ocurría diariamente en el santuario terrenal. Pero, una vez por año, el Sumo Sacerdote participaba de la ceremonia del Día de la Expiación. En la segunda división del Santuario, el Lugar Santísimo, se realizaba una ceremonia de purificación del santuario y del pueblo de Dios.

La purificación del Santuario requería dos machos cabríos, uno para el Señor y el otro para Azazel. El sumo sacerdote sacrificaba el macho cabrio para el Señor y hacía expiación “por el santuario [equivalente al Lugar Santísimo], por la tienda de Ia congregación [el Lugar Santo] y por el altar [el atrio]” (Lev. 16:20 ver también 16:16-18).

EI Sumo Sacerdote tomaba la sangre del macho cabrio para el Señor, que representaba la sangre de Cristo y la llevaba al Lugar Santísimo, para aplicarlos directamente sobre el propiciatorio (la tapa del arca, que contenía los Diez Mandamientos), para satisfacer los requerimientos de la santa Ley de Dios. Esa acción simbolizaba el precio inconmensurable que Cristo debía pagar por los pecados del mundo, y revelaba el deseo de Dios de que el ser humano estuviese reconciliado con él. Enseguida aplicaba la sangre en el altar del incienso y en el altar de los sacrificios, que cada día del año había sido rociado con la sangre que representaba los pecados confesados. Así, el Sumo Sacerdote hacía expiación por el Santuario y también por el pueblo, efectuando la purificación de ambos (Lev. 16:16-20; 30-33).

Después, representando a Cristo como mediador, el Sumo Sacerdote tomaba sobre sí mismo los pecados que habían contaminado al Santuario y los transfería al macho cabrio, el de Azazel, que era llevado fuera del campamento. Esa acción purificaba los pecados del pueblo pues habían sido transferidos simbólicamente de los creyentes arrepentidos al Santuario, por medio de la sangre y de la carne de los sacrificios del ministerio diario de perdón. Por ese ritual, el Santuario era purificado y preparado para la obra de un año más de ministerio (Lev.16:16-20, 30-33). Era de esa forma que se realizaba el ajuste de cuentas entre Dios y su pueblo.

De esa manera, el Día de la Expiación ilustra el proceso de juicio que enfoca la eliminación del pecado. La expiación que era realizada en ese día anticipaba la aplicación final de los méritos de Cristo, que eliminarán, por toda la eternidad, la presencia del pecado y obtendrán la reconciliación plena del universo en un solo gobierno armonioso, bajo la dirección de Dios.

Por Io tanto, los acontecimientos que ocurrían durante el Día de la Expiación ilustran las tres fases
del juicio final de Dios: el juicio pre advenimiento, es decir:el juicio anterior al advenimiento de Cristo, el inicio durante el milenio y el Juicio ejecutivo, que ocurrirá al final del milenio.

La profecia de Daniel 8:14, junto con Levítico 16 y Apocalipsis 22:10 y 12, nos dice que estamos viviendo en el momento del antitípico Día de la Expiación. La profecía de las 2,300 tardes y mañanas señala el día 22 de octubre de 1844 como el inicio del ministerio sumosacerdotal de Cristo en el Lugar Santísimo. Ese ministerio, como ya fue analizado, era prefigurado por la ministración del Sumo Sacerdote en el Santuario terrenal durante el Día de Ia Expiación.

Preparación para el Día de Ia Expiación
La proximidad del Día de la Expiación requería una preparación especial del pueblo de Israel. Dios
mismo ordenó: “El día diez del mes séptimo es el día del perdón. Celebrarán una fiesta solemne en honor al Señor, y ayunarán y le presentarán ofrendas por fuego. En ese día no harán ningún tipo de trabajo, porque es el día del Perdón, cuando se hace expiación por ustedes ante el Señor su Dios. Cualquiera que no observe el ayuno será eliminado de su pueblo. Si alguien hace algún trabajo en ese día, yo mismo Io eliminaré de su pueblo. Por tanto, no harán ustedes ningún trabajo. Éste será un estatuto perpetuo para todos sus descendientes, dondequiera que habiten. Será para ustedes un sábado de solemne reposo, y deberán observar el ayuno. Este sábado Io observarán desde la tarde del día nueve del mes hasta la tarde siguiente” (Lev. 23:27-32).

Ese día era dedicado a una profunda introspección y reflexión. Esto se realizaba con una intensidad especial. Cesaban todas las actividades. El pueblo ayunaba y se dedicaba a la oración, en sincero arrepentimiento. “Toda la ceremonia estaba destinada a inculcar en los israelitas una idea de la santidad de Dios y de su odio al pecado y además hacerles ver que no podían ponerse en contacto con el pecado sin contaminarse. Se requería de todos que afligieran sus almas mientras se celebraba el rito de Ia expiación. Toda ocupación debía dejarse a un lado, y toda la congregación de Israel debía pasar el día en solemne humillación ante Dios, con oración, ayuno y examen profundo del corazón” (Elena de White, Cristo en su santuario, p. 107).

De la misma forma, hoy vivimos en el gran Día de la Expiación antitípico. Así como era requerido de los israelitas que afligiesen su corazón en ese día, Dios requiere que su pueblo hoy experimente un arrepentimiento sincero de corazón. Todos los que desean mantener su nombre en el libro de la vida deben rendir cuentas con Dios y con sus semejantes durante este tiempo en que se está realizando el juicio de Dios (Apoc. 14:7).

Dios espera Io mismo de su pueblo hoy. Elena de White declaró: “Cristo está purificando el Templo celestial (Heb. 9:23) de los pecados del pueblo, y debemos trabajar en armonía con él en la tierra, purificando el templo del alma de su contaminación moral (“The danger of talking doubt”, Review and Herald, 11 de febrero de 1890, p-81).

En consonancia con la purificación que Cristo está realizando en el Santuario celestial ahora, se espera que, por su poder purifiquemos el templo del alma de toda contaminación moral, de toda mancha del pecado.

Hay creyentes que viven ahora como si Ia vida fuese una “fiesta”, desperdiciando los recursos y el tiempo en actividades sin sentido, muchas de ellas, incluso, pecaminosas. No hay duda de que debemos experimentar la alegría cristiana en nuestra vida, pero debemos estar plenamente conscientes de que estamos viviendo en el Día de la Expiación antitípico y por Io tanto, estar “en solemne humillación delante de Dios, en oración, ayuno y profundo análisis de corazón” (Elena de White, Cristo en su santuario, p. 41). No hay margen para perder tiempo. No podemos permanecer ajenos a Io que está sucediendo en el Santuario celestial. Nuestro estilo de vida debe estar en armonía con los tiempos proféticos en los que estamos viviendo.

En oración, ahora mismo, tú puedes pedir perdón por tus pecados y reclamar las promesas de Dios. Ante todo, reclama aquellas que prometen el poder de Io alto para vencer todo hábito pecaminoso, todo pensamiento impuro, toda mancha de pecado que pueda estar contaminando tu vida. Esto es vivir de forma cabal el antitípico Día de la Expiación.

Guarda en tu corazón
“Ahora necesitamos orar como nunca antes. Estamos viviendo en el gran Día de la Expiación, y debemos confesar nuestros pecados después de arrepentirnos cabalmente” (Elena de White, Cada día con Dios p. 336).

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